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sábado, 7 de mayo de 2016


Una hora en el café
y unos versos recordados
de Paul Valéry






Qué delicia, en verdad, un sábado a la tarde, aun engripado, luego de la maratón de cuatro horas corridas de clases sobre poesía del siglo XX en la universidad, sentarse a la mesa de siempre en el bar de siempre,  degustar un café, encender la pipa y quedarse mirando, sólo mirando, los árboles de La Cañada, la gente que pasa por la calle, el tráfico multicolor, las lámparas que se encienden, aquí y allá, como en un pino navideño, la hora indecisa entre la luz y la sombra sobre los edificios y la plaza del frente... “Il mio supplizio / è quando / non mi credo / in armonía”, escribió Ungaretti: en paz el corazón, en paz con el amor, con el trabajo, con la vida y la muerte, cede el desasosiego y cede la ansiedad ― todo es presente, calma, como aquel mar sereno al mediodía que observó Valéry. También yo, como él, aunque el paisaje sea distinto, bien podría decirme en este instante, cuando el tiempo parece suspendido y el alma se siente en armonía, esas palabras que parecen una celebración de la plenitud o de la desaparición: “Comme le fruit se fond en jouissance, / Comme en délice il change son absence / Dans une bouche où sa forme se meurt, / Je hume ici ma future fumée...”


*


Aquí, un intento de traducción de los hermosos (e intraducibles) versos de Paul Valéry, de El cementerio marino (1920), que me decía esta tarde, como tantas otras veces, y que menciono en la nota anterior. En la fotografía con que los acompaño se ve a Valéry con Rainer Maria Rilke. Tal vez luego de ese encuentro haya sido la frase de Valéry sobre Rilke (¿o fue de Rilke sobre Valéry?), que observaba que el poeta vivía “en excesiva intimidad con el silencio”. Ahora que lo pienso, los versos que traduje bien podrían pertenecer también a Rilke, y creo que los Poemas franceses del autor de las Elegías de Duino tienen a su vez bastante de valérianos.


Como el fruto se funde en su fruición,
Como su ausencia pasa a ser delicia
Cuando en la boca se deslíe su forma,
Yo aspiro aquí mi póstuma humareda...


[Opciones para el tercer verso:

* Forma que en una boca se diluye…

* Si se esfuma en la boca su figura…

* Cuando en sabor su forma se diluye…

* Si en el sabor su forma se disipa…


Etc.]

martes, 22 de septiembre de 2015

De la impudicia de las emociones




Un amigo me transcribe unas palabras que la Salomé de la novela Seis noches en la Acrópolis de Yorgos Seferis le dice a Estratis, el “alter ego” del poeta. Dice Salomé, memorablemente: “me parece más impúdico desnudar mis emociones que mi cuerpo.” No sé qué le habrá respondido en la novela Estratis, pero me he quedado pensando en qué le respondería yo. No es casual, me parece, que quien diga esa frase sea Salomé: en mi experiencia, quien no duda de la belleza de su cuerpo, y por lo tanto lo puede mostrar sin pudor, incluso con orgullo, no siempre tiene la misma seguridad sobre sus emociones.
Ahora bien, el problema que plantea Salomé es de ardua resolución, y una problemática importante y preocupante para quien dedica su vida a cultivar y expresar sus emociones. Un aspecto de esta cuestión es: ¿a quién le importan nuestras emociones? Sólo a nosotros mismos, cabe responder, ya que cada cual tiene las suyas. ¿Para qué expresarlas, entonces? Bueno, evidentemente, porque al expresarlas, al convertirlas en palabras, las conocemos; más aún, pareciera que sólo así toman realidad, una realidad más compleja a veces y más honda de lo que creíamos, ya que el poder asociativo del lenguaje revela dimensiones que ignorábamos, o que no sabíamos saber. Gracias a esto, en la medida en que esa realidad exceda el caso puramente personal, privado, pueden tomar importancia también para otros, en la eventualidad de que reconozcan, con suerte, sus propias emociones en ellas.
Otra dimensión del problema es el siguiente: ¿Hay un límite para esa expresión? ¿Podemos, debemos expresarlo todo? Por ejemplo: si al expresar una emoción sé que produciré dolor en alguien cercano y querido, ¿está bien de todos modos hacerlo? Algunos ejemplos. Alguien está en pareja y se enamora de otra mujer; le escribe poemas; luego, el enamoramiento pasa, y quedan los poemas, que son quizás los mejores que ha escrito, y perdura el amor a la primera mujer: ¿no es una canallada publicarlos, si sabe que le dolerán a su pareja? O bien: alguien piensa en su muerte, y piensa incluso en las bondades de procurársela por mano propia; escribe un poema sobre esas meditaciones fúnebres: ¿hará bien en publicarlas, si no cumple su propósito, o hará bien en no quemarlas antes de cumplirlo, sabiendo que de un modo o del otro traerá dolor a sus hijos, a sus padres, a sus amigos? Por último: si un narrador escribe una novela en que representa a sus seres queridos, no siempre bajo una luz favorable: ¿tiene derecho de publicarla, si sus seres queridos se reconocerán fácilmente en tales personajes ficticios, y no lo harán con gusto?
Hay algo impúdico, en efecto, en desnudar las emociones. Pero si no se desnudan las emociones, ¿de qué habla la poesía, la literatura en general? ¿Qué clase de confidencia es la que ofrece la poesía? Es cierto que arte y confesión no son lo mismo, y si la confesión no logra transfigurarse en un objeto estético, dotado por lo tanto de una cierta impersonalidad, no valdrá demasiado como pieza artística, y tal vez tampoco como confidencia, porque una confidencia artística fallida pareciera mostrar asimismo una falla “metafísica”, por así decir, en el secreto que confía. Pero un arte sin confesión, especialmente en la lírica, me parece, no nos conmueve al fin: podemos admirarlo, pero no sentimos la conmoción que nos produce comulgar con esa especie de hostia ―hay algo sagrado en toda intimidad profunda― que es el alma y el cuerpo verbal del poeta.
Ungaretti, luego de la muerte de su hijito Antonietto, escribe una serie de estrofas en las que recoge la tragedia de esa muerte, publicada en Il Dolore. No incluye, sin embargo, un poema, “Monologhetto”, en el que la emoción le parece excesivamente en carne viva. Lo hace, sin embargo, en un libro posterior, con una nota donde dice, aproximadamente (cito de memoria, porque no encuentro el libro): “Era aún egoísmo [el no publicarlas]. No se puede reservar nada de la experiencia humana, sin presunción.” Me he preguntado muchas veces qué quería decir Ungaretti con ese “sin presunción”. La única respuesta que he encontrado es aquella antigua frase de Terencio: “Homo sum, humani nihil a me alienum puto.” La presunción, me parece, podría consistir en considerarse al margen de esa humilde materia humana común.


P. S.: Escritas las divagaciones anteriores, mi amigo me ha hecho llegar el resto del diálogo entre Salomé y Estratis: “«El arte [de la poesía] es difícil ―dijo impasible Estratis― y muchos fracasan. Sin embargo, no encuentro otro modo de expresar mis emociones». El desprecio había reducido la boca de la dama a la mínima expresión: «¿Y a quién le preocupan sus insignificantes emociones? Poesía auténtica sólo puede hacerla el profeta que da al mundo una nueva fe». «Tengo la impresión de que es otra cosa ―respondió Estratis―. No obstante, creo que si alguien consigue expresar verdaderamente las emociones que le causa el mundo, ayuda a los demás a no perder la fe que seguramente llevan dentro». «Pero, ¿qué clase de emoción? ¿Cualquiera?» «Me parece que sí, que cualquiera».” 


martes, 15 de septiembre de 2015

Libros para llevarse a la cama





Una pregunta que se podría hacer un crítico en trance de escribir la reseña de un libro de literatura es la siguiente: ¿tendría a esta obra en la mesa de luz junto a mi cama? Vale decir: ¿la leería a esa hora en que sólo se lee por el gusto de leer? Parece trivial, pero creo que es una cuestión fundamental, un criterio básico de discernimiento. No es de dificultad o facilidad de lectura: he tenido durante largo tiempo los Four Quartets de T. S. Eliot junto a mi cabecera, que no es un texto justamente fácil, pero jamás pondría ahí, digamos, el Rincón de haikus de Mario Benedetti, que se lee y se olvida de corrido. No es de temática: nunca tendría en mi mesa de luz El Gualeguay de Juan L. Ortiz, a menos que me esté costando conciliar el sueño, pero he disfrutado durante varias noches, estrofa a estrofa, Luz de provincia de su comprovinciano. Tampoco es una cuestión de peso, al menos contando con buenas almohadas y buenas rodillas: durante más de un año he leído todas las noches, solo o acompañado, alternándonos en la lectura en voz alta, sin prisa ni pausa, el tomazo del Borges de Bioy Casares, como quien saborea algo dulce antes de dormirse. Ya de sólo pensar en que nos espera en el dormitorio un libro dilecto, la noche se ilumina. O sea: a menos que uno sea un mártir de la voluntad y el sacrificio en aras de la información cultural, o que el esnobismo ya se haya convertido en una segunda naturaleza en nosotros, a la cama nos llevamos esas criaturas literarias en las que podemos encontrar un genuino placer estético, intimidad con aquello que nos apasiona de verdad. Para un crítico, pues, no me parece desdeñable plantearse esta cuestión: ¿leería esta obra por el puro gusto de hacerlo o sólo lo haría por deber profesional? O bien, como decía, más sencillamente: ¿me la llevaría a la cama? 


miércoles, 7 de mayo de 2014

OTRO ESCRITOR ARGENTINO





Puede decirse que dedicó los mejores años de su vida a trabajar en su obra, con entusiasmo, con paciencia y esfuerzo sostenido, con absoluta dedicación, en las horas que le dejaban sus otros trabajos, los de “pan llevar”. Para ello, necesaria o desgraciadamente, descuidó muchas cosas: descuidó, en primer lugar, a su familia (¡ah, ver crecer de nuevo a sus hijos, jugar largas horas con ellos y acompañarlos mientras se dormían!), descuidó a sus amigos, su carrera profesional, su cuenta bancaria, su salud, los viajes, las diversiones del fin de semana – la vida, en fin. Cuando murió, luego de un “colapso masivo” de su organismo (¿cirrosis?, ¿cáncer de pulmón?, ¿derrame cerebral?), según el impreciso parte médico del hospital público donde estuvo internado en los últimos días, no tenía una sola propiedad y sus ahorros apenas alcanzaron para pagar el velatorio y la cremación. Dejó en herencia una incómoda biblioteca de cientos de volúmenes, bastante ajados y llenos de minuciosas anotaciones a lápiz, asteriscos, corchetes y subrayados, que, cuando hubo que desalojar la casa que alquilaba, donde vivía solo, fue mal vendida a una librería de usados, por metro de libros, como suele hacerse. Aunque había publicado algunos tomitos de versos y prosas, que pasaron en su momento sin mayor pena ni gloria, la obra a la que había consagrado sus desvelos de más de una década quedó manuscrita, en una pila de cuadernos escolares, con letra cuidadosa pero casi indescifrable. Sus hijos la encontraron en el caos del escritorio y, esperanzadamente, la dieron a leer a un par de escritores locales, a un crítico del diario de la ciudad y a varias editoriales nacionales. Algunos no respondieron a la consulta; otros, de modo casi coral, les dijeron que, por lo que se podía entender en el galimatías de la escritura, lamentablemente, era impublicable: tal vez tuviera su importancia, pero su estilo, e incluso sus temáticas, correspondientes a la juventud del autor, ya estaban pasados de moda y sería imposible hacerla comentar en los suplementos culturales y, por lo tanto, que entrara en el mercado literario. Por otra parte, digitalizar esas miles de páginas manuscritas sería muy engorroso y costoso y la obra, en fin, no valía la pena de tamaño esfuerzo. Los hijos, pues, han guardado los cuadernos, amorosamente envueltos en un pañuelo de seda que solía usar su padre, junto a la urna en que conservan sus cenizas. Ya verán los nietos qué hacer con todo eso.


P. A.
Córdoba, 05-V-14

lunes, 5 de mayo de 2014

LA PAUTA DE LA LÍRICA






La otra noche, hablando por teléfono con un amigo fraterno –por consanguinidad poética–, me contó de la emoción que le había producido releer en estos días, en uno de los viejos cancioneros españoles, aquellos versos anónimos que comienzan: “De los álamos vengo, madre, / de ver cómo los menea el aire...” (Cuando aquí digo emoción –el pudor del amigo me perdone– digo, concretamente, lágrimas, provocadas por un poema creado allá lejos y hace siglos). Recordamos también otras cancioncillas populares semejantes, como aquella que dice: “¿En qué nos parecemos / tú y yo a la nieve? / Tú en lo blanca y galana, / yo en deshacerme. // A los árboles altos / los mueve el viento / y a los enamorados / el pensamiento.” Me quedé pensando, luego de la charla telefónica, y después lo conversamos en la sobremesa con mi padre, que esa dimensión estrictamente lírica casi ha desaparecido de nuestra poesía. Me refiero –no es fácil definirlo– a esa especie de exhalación anímica que se sostiene en el aire de la pura gracia verbal (Ungaretti: “M'illumino / d'immenso”; Guillén: “¡Oh luna, cuánto abril, / qué vasto y dulce el aire! / Todo lo que perdí / volverá con las aves...”), sin necesidad de desarrollar una historia, o una descripción que valga como símbolo, o un discurso más o menos conceptual que presente una “visión del mundo”: una poesía, en fin, que pareciera –pareciera– no decirse más que a sí misma, como las geometrías cromáticas de Klee, o unos cacharros de Morandi, o una música. Ese lirismo prácticamente se ha extinguido, vaya uno a saber si transitoria o definitivamente. No es que esta poesía puramente lírica sea superior a otros tipos de escritura poética, pero su falta es una pérdida grave, no sólo porque desaparece una manifestación estética valiosa, sino también porque con ella se pierde una suerte de pauta de intensidad y perfección artística, ausencia que deteriora la intensidad y perfección de las demás formas poéticas, que naturalmente tienden a un tedioso prosaísmo narrativo, descriptivo o conceptual en versos.


P. A.
Córdoba, 04-V-14

jueves, 17 de octubre de 2013

La forma es el supremo contenido
(Una anotación nocturna)





También la técnica puede generar a la obra. Sin el descubrimiento de la perspectiva, por ejemplo, sería impensable el arte del Renacimiento; sin el endecasílabo y las formas importadas de Italia, no hubiera existido el Siglo de Oro español.

Descendiendo precipitadamente desde aquellas alturas, pensaba esto anoche, porque sin el deseo de usar mi lapicera nueva no habría escrito, casi como un ejercicio de caligrafía mental, las palabras del párrafo anterior en mi libreta, de donde ahora las transcribo: ¡hasta ese punto el instrumento, incluso material, puede estimular el poder asociativo del lenguaje, del pensamiento!

En el caso del arte en general, en efecto, como observó Rudolf Staiger y también dijeron Gottfried Benn y Paul Klee, “la forma es el supremo contenido”. En el caso particular de la poesía, es sabido que la fascinación del ritmo verbal, antes de tener incluso el tema y las palabras del poema, estuvo en el origen de “El cementerio marino” de Valéry, lo cual no implica que siempre sea así. La ambigüedad de la palabra, que por un lado es textura sonora y visual y por el otro es alusión conceptual, vuelve difícil toda simplificación.

Lo cierto, sin embargo, me parece, es que cuando la materia ígnea, magmática, de la experiencia alcanza su transfiguración estética, su punto de “cristalización” (tomo prestado el término de una carta que me escribió Horacio Castillo hace largos años), allí también “la forma es el supremo contenido”, y un verso puede volvérsenos inolvidable por su poder de sugerencia y sugestión, aunque no terminemos de agotar su sentido. Pienso ahora, por ejemplo, en aquel misterioso endecasílabo de Ricardo Jaimes Freyre, “Peregrina paloma imaginaria”, o en la siguiente estrofa de Valéry, que parece además ilustrar esa transformación de la existencia en la delicia verbal de la palabra poética:

Comme le fruit se fond en jouissance, 
Comme en délice il change son absence 
Dans une bouche où sa forme se meurt, 
Je hume ici ma future fumée,
Et le ciel chante à l'âme consumée 
Le changement des rives en rumeur.




[Córdoba, 17-X-13]

domingo, 11 de noviembre de 2012


Tarde soleada de domingo




Hermosa tarde soleada de domingo, linda para quedarse en el patio sentado en la vieja reposera, mientras se escucha a los chicos que juegan en la pileta de la casa vecina y andan los pájaros, lejos, por el cielo azul; para salir a caminar con las perras por el barrio, sintiendo también su alegría de husmear en las veredas ajenas, de escapar por un rato de la prisión del jardín; para leer los diarios, haciendo de cuenta de que son noticias pasadas, de treinta años atrás, inofensivas; para hojear a la luz que traslucen las cortinas papeles que ya habría que tirar, álbumes con fotos de otros días, libretas con apuntes que nadie leerá y con proyectos de viajes nunca hechos, proyectos de libros nunca escritos; para prepararse en paz un café y encender una pipa y quedarse mirando la cucharita que da vueltas en el líquido oscuro, las volutas del humo que suben y se esfuman lentamente en el aire; hermosa tarde, también, para cumplir al fin ese gesto silencioso (“Non parole. Un gesto”), que uno siempre posterga, vaya a saber por qué.


(Córdoba, 11-XI-12)

viernes, 8 de junio de 2012


Lección de gatos


[Baudelaire, Ciro y Jerjes]


“...o gatte,
lucerne del mio studio, o gatte amate…”

Torquato Tasso


En efecto, paso a menudo horas con Baudelaire, el gato que encontré en la calle, o con Ciro, el tigrecito gris, aovillados sobre las rodillas. Así, mientras ellos duermen o meditan o se desperezan, yo leo, pienso, fumo, veo televisión, escribo o simplemente me quedo mirándolos. Se aprende más de la contemplación del silencioso gato que de tantos intentos inútiles de diálogo con quienes no se escuchan más que a sí mismos y llaman pensar a esa vanilocuente sordera, quienes confunden pasión con prepotencia y creen que insultar o levantar la voz sirven como argumento. Se aprende, por ejemplo, a desoír con necesario desdén esas voces alteradas (tampoco los gatos soportan a los que vociferan), a alejarse con tranquila indiferencia de sus crispaciones: “ladridos de los perros / a su cadena atados”. Eso, la libertad antes que nada, la calma de su inmovilidad y la elegancia de sus movimientos, la soledad serena, y otras cosas más hondas e inasibles, enseñan los gatos.


[Córdoba, 7-VI-12]


martes, 31 de enero de 2012

Nota de duermevela

a Ana Paula Skoczynski


[Oskar Kokochska, La novia del viento o La Tempestad]

Hace un momento, luego de apagar la luz, le tomé la muñeca a Ana Paula, que ya dormía, intentando percibir su pulso. De pronto, en medio de la oscuridad del cuarto, mientras giraban en el techo las aspas del ventilador y más allá, ignorados, los astros en la infinitud del cielo, sentí que se insinuaba en mi mente la poesía, y que la poesía era eso, más o menos: el símbolo (una música, un rumor, un símbolo). Símbolo, en este caso, de no sabría decir exactamente qué, quizás del desamparo de la vida humana, de dos seres destinados a morir unidos en la sombra por los tenues y ciegos latidos de la sangre, o algún otro sentido indefinible. Fue un instante nada más, que sin embargo me conmovió de extrañeza y de piedad por la fragilidad intensa de la vida y del amor. Luego, en sueños, ella se giró y me retiró su brazo. Sentí de nuevo la tentación del símbolo, esta vez dolorosamente. Me dije, con todo, que ella estaba dormida, que no había sido un gesto voluntario, etc. Así también, pienso ahora, interviene la razón crítica – salvadora, en este caso – y destruye el símbolo de la razón poética.



[Córdoba, 29-I-12]

domingo, 22 de enero de 2012

Luego de escuchar el
Concierto para violín en re mayor
de Ludwig van Beethoven




Estuve escuchando el Concierto para violín en re mayor de Beethoven. Como me ha ocurrido otras veces, en especial – no sé por qué – con las obras de Mahler o al leer a algunos poetas, y como recuerdo que me ocurrió por primera vez, en la adolescencia, al escuchar en la oscuridad de mi habitación, en el viejo Wincofón, la sinfonía “Heroica” de Beethoven dirigida por Toscanini, sentí aquello que José Martí expresa sencilla e inmejorablemente en esos versos encabalgados del poema “Dos patrias”: “…Las ventanas / abro, ya estrecho en mí.”
   Es una extraña sensación, la de algo poderoso que se abre paso en el pecho como una marejada, que busca salida como un animal acorralado.
   Luego, y quizá más importante que esta sensación, imponente pero pasajera al fin, es la impresión duradera – en el sentido físico, etimológico, de la palabra “impresión” – que esas obras dejan en el ánimo: la honda huella o marca de la grandeza humana, la constatación – no resultado de la reflexión, sino una percepción tan directa como ver una montaña o quemarse con el fuego – de que tales obras sólo pueden surgir de mentes, almas, espíritus, psiquis – como se quiera – de una extraordinaria capacidad de sufrimiento, gozo, concentración, creatividad, observación, imaginación…
   Esa impresión, por otra parte, ejerce un poder emulativo en nosotros, traza un paradigma moral, no porque nos diga cómo comportarnos, qué hacer y qué no hacer, sino porque nos impulsa (iba a escribir “obliga”, y aún dudo si no será la palabra justa) a exigirnos, a ir hasta el fondo de las cosas, a tomar la vida en serio, incluso en la risa, la burla de uno mismo y la alegría, que son a veces la cosa más seria del mundo. Sin imposición alguna, con la sola presencia de su grandeza artística, tácitamente diseñan una jerarquía espiritual. Por unos minutos – según la apreciación más bien escéptica de Leopardi – no podemos ser indignos de lo que hemos leído u oído.


[Córdoba, 7-VI-2011]

martes, 6 de diciembre de 2011

El ángel justiciero




Lenta, muy lentamente vamos dando forma, con todas nuestras frustraciones, con todas nuestras ilusiones, a los ángeles justicieros que un día, el día menos pensado, el día o la noche en que sueñe la razón, en un abrir y cerrar de ojos se convertirán en nuestros ángeles exterminadores. La historia moderna está sembrada de sus víctimas, pero pareciera inútil todo recuerdo, toda advertencia: ni Laocoonte ni Casandra pudieron salvar a Troya.


P.A.
Córdoba, 6-XII-11

lunes, 13 de septiembre de 2010

DEL OCIO


[Fernando Fader, En el potrero]


Así como se logró el “sábado inglés”, con el tiempo deberá obtenerse un derecho que podría llamarse el “miércoles argentino”, o mejor aún, “traslaserrano”: un día no laborable en la mitad de la semana. Uno se levantaría el lunes, pensando: “Sólo es un par de días”; luego, el jueves, se diría: “Ya llega el fin de semana”. El sentido de la existencia no empieza ni termina con el trabajo, como ha querido persuadirnos una concepción esclavista, y como sostienen con fervor aquellos que medran con el trabajo de los otros. Personalmente, disfruto con mi oficio, que es dar clases de literatura. Pero entiendo que no es lo más común que coincida el gusto de la propia vocación con la necesidad de ganarse el pan con el sudor de la frente. ¡Y hay tanto por hacer, por pensar, por crear, en las horas libres! “Del caos nace la estrella danzarina”, escribió Nietzsche. Yo no sé si del caos, en términos de vida, pero del ocio seguramente sí.


Alta Gracia, 13 de setiembre, 2010.