domingo, 31 de marzo de 2013


George Steiner

Escuelas de lectura 




La posibilidad de crear “escuelas de lectura creativa” es una idea que siempre me acompaña (“escuela” es una palabra demasiado pretenciosa: una habitación silenciosa y una mesa bastarán). Tendremos que empezar por el nivel de integridad material más sencillo y, por lo tanto, más preciso. Debemos aprender a analizar frases y la gramática de nuestro texto, porque, como Roman Jakobson nos ha enseñado, no es posible acceder a la gramática de la poesía, al nervio y a la energía del poema, si permanecemos ciegos a la poesía de la gramática. Tendremos que volver a aprender la métrica y aquellas reglas de escansión que eran familiares para los escolares ilustrados de la época victoriana. Tendremos que hacerlo no por pedantería, sino por el hecho abrumador de que en toda poesía, y en una gran proporción de obras en prosa, el metro es la música que controla el pensamiento y la sensibilidad. Tendremos que despertar los entumecidos músculos de la memoria, redescubrir en nuestros vulgares yos los enormes recursos de memorización precisa, y el placer que procuran los textos que hemos alojado para siempre en nuestro interior. Buscaremos aquellos rudimentos de reconocimiento mitológico y escritural, de recuerdo histórico compartido, sin los cuales es casi imposible ─salvo con el apoyo constante de notas a pie de página cada vez más elaboradas─ leer correctamente una línea de Chaucer, de Milton, de Goethe o, para dar un ejemplo deliberadamente modernista, de Mandelstam (uno de los maestros del eco).


[De: George Steiner, “El lector infrecuente”, en Pasión intacta. Ensayos 1978-1995, Ediciones Siruela, Madrid, 1997, págs. 43-44.]

miércoles, 20 de febrero de 2013


Dime a quién eliges

(Algunas observaciones sobre
una reciente encuesta literaria
en la Argentina)


Ernst Kirchner, "Grupo de artistas"

Uno no tendría que ocuparse de estas cosas, y menos en vacaciones, pero dado que pareciera que nadie lo hace, y dado que tiene su importancia como síntoma de la situación de la literatura en el país, más precisamente, del modo en que se le da forma pública ―y publicitaria― a la situación de la literatura en el país, habrá que dedicarle un par de horas al asunto.
Esta mañana compré en el quiosco al frente de la plaza de Villa Dolores varios números atrasados de la Revista “Ñ”. Me quedé hojeándolos en un bar cercano, disfrutando del café, del tabaco, de la hora tranquila y del paisaje de la ciudad. Mi humor, pues, era excelente, y la salud de mi hígado también. En uno de esos ejemplares, el correspondiente al 15 de diciembre pasado, me encontré con una encuesta, “Los mejores títulos del 2012”, presentada en la tapa como “100 críticos, académicos, escritores, periodistas, traductores y editores eligen los libros del año”.
El de la encuesta me parece un género crítico muy interesante, que permite extraer valiosos datos, no sólo sobre el objeto de la misma, por ejemplo la literatura argentina del último año, sino también ―y diría que sobre todo― sobre la manera en que se conduce un determinado sector social y cultural, en este caso de la sociedad literaria argentina. En efecto, además de lo que la encuesta ofrece como índice del estado de los valores literarios, resulta una buena muestra de lo que nuestros colegas piensan, sienten y aprecian ―o dicen pensar, sentir y apreciar― sobre la obra de los contemporáneos. La aclaración entre guiones responde al hecho de que no siempre, como sabemos, hay perfecta concordancia entre la esfera privada del pensamiento y el sentimiento, por una parte, y la esfera de su manifestación pública por la otra, e incluso no pocas veces hay notable distancia entre una y otra (para comprobarlo, basta con conversar sobre un libro con algún conocido que trabaje como crítico literario y luego leer la reseña del libro firmada por la misma persona). Se podría hacer, medio en broma y medio en serio, una clasificación al respecto: 1) Los encuestados que dan su verdadero parecer sobre los que juzgan los mejores libros del año; 2) Los encuestados que nombran los libros que, por diversas razones, conviene nombrar; 3) Los encuestados que mencionan los libros de los amigos o de sus parejas; 4) Los encuestados que eligen los libros de los escritores o las escritoras más agradables, o más apuestos, o más ‘buena gente’, o mejor posicionados políticamente; 5) Los encuestados que eligen sus propios libros; etc.
Otra cuestión interesante consiste en la selección de los “críticos, académicos, escritores, periodistas, traductores y editores” convocados para dar su parecer. En este caso, se trata nada menos que de 100 nombres. El número parece una garantía de imparcialidad, y su halo casi mítico de rotunda perfección, garantía asimismo de infalibilidad. Por preferencia y por mayor asiduidad en la lectura del género, me he detenido a ver en detalle quiénes han elegido los títulos de poesía. Luego de repasar la lista (entre algunos otros, Aguirre, Aulicino, Bejerman, Bellessi, Bignozzi, Casas, Chitarroni, Foffani, Fondebrider, Gambarotta, Gruss, Laguna, Monteleone, Pavón, Prieto, Ríos, Rubio, Setton, Villa), me pregunto, casi retóricamente, con qué criterio se ha seleccionado a ese calificado plantel. Una interrogación trae la otra, y me pregunto, casi retóricamente también, por qué no se ha convocado a otros poetas y críticos y estudiosos y traductores tan calificados como los anteriores. Por ejemplo, al azar de la memoria, las generaciones, las tendencias y los lugares de residencia, me habría gustado saber qué hubieran opinado Jorge Leónidas Escudero, Horacio Armani, Antonio Requeni, Jacobo Regen, Rodolfo Godino, Rodolfo Alonso, Teresa Leonardi, Horacio Salas, Santiago Sylvester, Rafael Felipe Oteriño, Cristina Piña, Celia Fontán, Ricardo H. Herrera, Susana Cabuchi, Enrique Butti, Alejandro Bekes, Elisa Molina, Roberto Malatesta, Beatriz Vignoli, Víctor Gustavo Zonana, Carlos Schilling, Claudia Masin, Diego Muzzio, Walter Cassara, Mariano Pérez Carrasco, Pablo Seguí, Javier Foguet, Mori Ponsowy, Nicolás Magaril, Alejandro Crotto, Marina Serrano, Ezequiel Zaidenwerg, etc.etc.
Está claro el punto: a tales encuestados, tales libros elegidos. Los resultados de la encuesta, en el ámbito de la poesía, han destacado los siguientes libros y autores argentinos del pasado año: los cuatro más citados, La novela de la poesía, de Tamara Kamenzsain (Adriana Hidalgo); Estación Finlandia, de Jorge Aulicino (Bajo la luna); Poesía completa, de Olga Orozco (Adriana Hidalgo) y Control no control, de Fernanda Laguna (Mansalva); con menor cantidad de votos, El paisaje interior, de Mirta Rosenberg (Bajo la luna), aunque hay quienes dicen que tiene la misma cantidad que los anteriores (dejo a otros el trabajo de confirmarlo); Notas para una tanza, de Irene Gruss (Gog y Magog); Un hotel con mi nombre, de Cecilia Pavón (Mansalva), La tendencia materialista (antología), de V. Kesselman, A. Mazzoni y D. Selci (Paradiso), La enfermedad mental, de Alejandro Rubio (Gog y Magog), etc.
No sé si al lector la mención de autores y de editoriales le dice algo. A mí me dice claramente lo siguiente: 1) que han sido nombrados autores, libros y editoriales que tienen tanta publicidad crítica en los medios culturales actuales que ya evocan la imagen de la “figurita repetida”, y hacen pensar en el dilema del huevo o la gallina (¿son recordados porque son valiosos o son valiosos porque son periódicamente recordados en los medios?); 2) que se trata de autores que han salido de la costilla de “Diario de Poesía” (salvo, por cierto, Olga Orozco, una poeta que, para bien o para mal, ya está más allá de toda polémica), lo cual demuestra, por si hiciera falta, que todavía hoy el monopolio de la tendencia neobjetivista tiene plena vigencia y que no hay lugar, en estas operaciones literarias, para mostrar la existencia de otras opciones poéticas en el país; 3) que casi no aparecen mencionadas editoriales del interior, salvo alguna, como la editorial Nudista, que publica a una autora porteña tan promocionada como Irene Gruss.
En fin, el resultado de la encuesta, al menos en lo que atañe a la poesía, es, a mi juicio, tan previsible cuanto desalentador. Evidencia el compacto dominio de un grupo poético, cuyo prestigio literario ya nadie parece poner en duda, pero que está lejos de ser incuestionable en términos estéticos y críticos, y una notable indiferencia hacia los autores y las editoriales que vienen trabajando sostenidamente en las provincias, con valiosos logros, salvo aquellas sucursales del grupo que operan en Rosario o Bahía Blanca (la iluminada autopista poética Buenos Aires-Rosario, que alguna vez señalé, desde hace bastante tiempo extiende sus luces y sus carriles también hacia ese puerto de la provincia bonaerense).
Quiero que quede claro que no se trata de una reivindicación geográfica, sino del valor de las obras y de la diversidad de las poéticas. Hay más, mucho más en el país que lo que publica y difunde el estado mayor y menor del neobjetivismo en Buenos Aires, Rosario o Bahía Blanca. Que sólo haya espacio cultural para los mismos nombres, que se haya destacado entre los primeros cuatro títulos de la escritura poética nacional al volumen de Fernanda Laguna, una obra digna del más piadoso silencio, hace pensar que la salud de la poesía argentina atraviesa un momento de crisis aguda, al borde del colapso, no por la ausencia de buenos autores, sino por la presencia de una falange militante, muy activa, unida y organizada, que promociona a sus adherentes y neutraliza el conocimiento de quienes no participan de ella.
Si uno no supiera que la bolsa de valores literarios es tan poco confiable como la financiera para determinar lo que vale y lo que no, y si el tiempo no nos hubiera enseñado que la escritura es un vicio tan absurdo y persistente como cualquier otro, inmune pues a razones y sinrazones, sería el caso de dedicarse nomás a la poesía como quien se dedica al ajedrez o a la filatelia, esas ocupaciones de solitarios y de escépticos.

P. A.
Villa Dolores, 15 de enero, 2013

 [Publicado en “Ciudad X”, La Voz del InteriorCórdoba, 14 de febrero, 2013]

viernes, 25 de enero de 2013

Una hoja seca





Una hoja seca


Yo estaba distraído, o bien absorto
(Son cosa parecida para mí),
Viendo las grietas en la medianera,
La luz sobre la cal, cuando de pronto
Una hoja crujió sobre el ladrillo
Del patio, apenas: seca, gris, crispada
Y quebradiza, casi deshaciéndose,
Sonó como una voz en el silencio.
Algo dijo, callada, esa osamenta
De vida vegetal, algo me dijo
En su quedo crujido: lo entendí,
Me parece, y el pleno mediodía
Se oscureció, lo mismo que la hora
En que un hombre gritó desde el madero.



P. A.
Córdoba, 25-I-13

miércoles, 19 de diciembre de 2012


Arde la tierra mía

Esta canción en dialecto siciliano, cuyo texto pertenece a Giuseppe Rinaldi y su música a Nino Rota, se escucha en la última parte de la película “El Padrino”, cantada por el hijo de Michael Corleone. Aquí una versión al castellano, con una imagen del paisaje de la provincia de Catania, la tierra de mis antepasados paternos.


["Paesaggio agricolo, Catania", foto de FicusIndica, 2009]



















Arde la tierra mía


La luna arde en el cielo
Y yo ardo de amor,
Fuego que se consume
Como mi corazón.

El alma llora,
Atormentada,
No encuentra paz,
Qué noche amarga.

El tiempo pasa
Y no amanece,
Ya no hay más sol
Si ella no vuelve.

Arde la tierra mía
Y arde mi corazón,
Ella sedienta de agua
Y yo de amor.

A quién le canto
Hoy mi canción
Si ya no hay nadie
Para asomarse
A su balcón.



[Versión de P. A.
Alta Gracia, 2009]


*


Brucia la terra mia


Brucia la luna n'cielu
E ju bruciu d'amuri,
Focu ca si consuma
Comu lu me cori.

L'anima chianci
Addulurata,
Non si da paci
Ma cchi mala nuttata!

Lu tempu passa
Ma non agghiorna,
Non c'e mai suli
S'idda non torna.

Brucia la terra mia
E abbrucia lu me cori,
Cchi siti d'acqua idda
E ju siti d'amuri.

Acu la cantu
La me canzuni
Si no c'e nuddu
Ca s'a affacia
A lu barcuni…



[Letra de Giuseppe Rinaldi
Música de Nino Rota]




martes, 13 de noviembre de 2012

Arturo Capdevila

BALTASAR




BALTASAR

Profecía de Daniel, Cap. V


Y Baltasar bebiendo vino estaba.
Y bebían los príncipes también
en los vasos que el rey su padre un día
trajo del Templo de Jerusalén.

Y bebieron también las concubinas.
Y alabaron a dioses de metal.
Y una mano fue vista que escribía
en la pared del aposento real.

Y el rey, como la vio, se demudaba;
se demudaba el rey de su color.
Y le batían las rodillas trémulas...
Y le ganaba el alma aquel pavor.

Y Mene, Téke, Upharsín, decía
lo que la mano trágica escribió.

“Y Mene dice: Contó Dios tu reino,
y se acabó.
Y Tékel dice: Te pesé en balanza,
pero faltó.
Y Upharsín dice: Romperé tu reino...”
Así Daniel, varón de Dios, leyó.

Y Mene, Tékel, Upharsín, de nuevo,
escrito ha sido, pero nadie vio.


Arturo Capdevila

[De La fiesta del mundo, 1922]

domingo, 11 de noviembre de 2012


Tarde soleada de domingo




Hermosa tarde soleada de domingo, linda para quedarse en el patio sentado en la vieja reposera, mientras se escucha a los chicos que juegan en la pileta de la casa vecina y andan los pájaros, lejos, por el cielo azul; para salir a caminar con las perras por el barrio, sintiendo también su alegría de husmear en las veredas ajenas, de escapar por un rato de la prisión del jardín; para leer los diarios, haciendo de cuenta de que son noticias pasadas, de treinta años atrás, inofensivas; para hojear a la luz que traslucen las cortinas papeles que ya habría que tirar, álbumes con fotos de otros días, libretas con apuntes que nadie leerá y con proyectos de viajes nunca hechos, proyectos de libros nunca escritos; para prepararse en paz un café y encender una pipa y quedarse mirando la cucharita que da vueltas en el líquido oscuro, las volutas del humo que suben y se esfuman lentamente en el aire; hermosa tarde, también, para cumplir al fin ese gesto silencioso (“Non parole. Un gesto”), que uno siempre posterga, vaya a saber por qué.


(Córdoba, 11-XI-12)

martes, 30 de octubre de 2012


En memoria del poeta
 Jorge Andrés Paita
(Buenos Aires, 1931-2012)




El 27 de octubre pasado falleció en Buenos Aires el poeta Jorge Andrés Paita. Aquí lo recuerdo con un poema de su primer libro y con una nota que escribí sobre su tercer y último libro, Eros en Amazonia.



AFTER SIX

Hoy no quiero bocados
pringosos ni animal muerto,
no voy a fijarme metas
y espero que nadie estorbe
tan enorme silencio de la luna en el patio.

Renuncio a hacer el recuento
de mi vida, que es como todas,
y renuncio al asesinato,
de manera especial a ése
que aún me tienta, me tienta.

Un baño, sí, cigarrillos,
té claro y algunas frutas:
esta noche me tocan
música y versos hasta que me canse.


JORGE ANDRÉS PAITA

[De su libro Cuatro puertos,
Editorial Cuarto Poder, Buenos Aires, 1976]



*


DESTELLOS EN EL AGUA CENAGOSA

[Sobre Eros en Amazonia, de Jorge Andrés Paita,
Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 1999]


Jorge Andrés Paita  pertenece a esa estirpe de autores que todo lo que hacen lo hacen bien, pero que nunca son valorados como se merecen. “Poetas sin mito” los podríamos llamar, recordando un poema de Horacio Armani. Dado que entre nosotros escasea ese específico instrumento cultural que sirve de balanza y cernidor llamado “crítica”, el prestigio de una obra, antes que de la eficacia artística y la intensidad humana de los textos que la componen, suele provenir más bien del aura anecdótica que rodea al autor, cuando no de sus preferencias políticas, sexuales, etc. Que la obra, luego, sea más o menos buena o mala, es un detalle accesorio: haciendo honor a la etimología, debe ser leída para confirmar el valor otorgado a su leyenda.
Debo reconocer, con todo, que en mi caso personal la figura poética de Paita no ha carecido de su halo mítico, aunque sólo hace un año le haya visto la cara y hayamos intercambiado un fugaz apretón de manos. Es que en aquella edad en que el enigma de la vida comienza a revelarse con el mismo delicioso desasosiego que el de la poesía, yo leía con avidez esa revista ejemplar que este poeta creó y dirigió entre 1976 y 1977, Escritura, y merodeaba, sin entender del todo, los poemas de su primer libro, Cuatro puertos (Editorial Cuarto Poder, Buenos Aires, 1976). También por esos años tuve ocasión de conocer la lucidez y elegancia de sus notas críticas, que desde entonces no he vuelto a ver publicadas. Poco tiempo después fue responsable de uno de los mejores momentos del suplemento literario del diario La Prensa, y en 1983 la editorial Monte Ávila publicó su libro Señales del Segundo Milenio. Luego, cuando dejó La Prensa, no volví a saber de su obra ni de él, y alguien me comentó que se había ido a vivir a Montevideo.
A quince años de su segundo libro, ha aparecido el que ahora nos ocupa, de título tan singular como los poemas que incluye: Eros en Amazonia (Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 1999). Voy por la octava relectura, y sigo preguntándome en qué consiste el secreto de esa singularidad. Sin una respuesta definitiva (¿cómo explicar la gracia de un estilo?), anoto algunas posibles aproximaciones a ella.
He usado la palabra “gracia”; si a ella se asocian las connotaciones de brillo y levedad, no ha sido afortunada. Estos poemas, aunque no se priven del fulgor de la metáfora y ciertos momentos de suspensión lírica, poseen más bien, en cambio, la predominante opacidad de la experiencia que se han propuesto aprehender y una morosa ―pero bien medida― discursividad. “A un día de su fuente ―reza una línea de Char citada en el libro― el agua es cenagosa”. De modo parecido, comparaba Machado: “Como yo, cerca del mar, / río de barro salobre, / ¿sueñas con tu manantial?”.
Toda poesía nace, quizá, de ese impulso por devolver la vida a la pureza de su manantial, pero hay poetas que intentan captar ese instante prístino en sí mismo, cuando la roca se hace oído del líquido murmullo, y otros que buscan el destello irisado en medio del caudal oscuro, oleaginoso, de los años y la época.
Éste último es el caso de Jorge Andrés Paita en Eros en Amazonia. Tanto en sus invectivas y homenajes a las mujeres en la primera sección del libro (“Del amor en Amazonia”), como en sus recreaciones de momentos y personajes de la historia en la segunda (“Del pasado presente”), o en los pormenores de ese aguafuerte del mundo al final de una época y de la existencia en su entrada a la vejez (“En la orilla”), hay una avidez de inocencia y una tristeza inconfundible, la que el poeta de Campos de Soria ha enseñado a reconocer: “tristeza que es amor”.
En la clausura padecida por ese amor, y en sus raras liberaciones (“cuando el turbio mirar se aquieta y el ver bendice” con que se cierra el libro), puede hallarse una razón de la complejidad tonal del conjunto: se pasa de la ironía al pathos, de la broma a la plegaria, del llanto a la sonrisa y a la imprecación, con una facilidad que no es extraña a la existencia (Edoardo Sanguineti nos decía hace poco que a su juicio el estilo tragicómico era el que mejor representaba la vida moderna), en especial cuando nos abruma y cuando la soledad hace del soliloquio un vocerío atronador, pero que no es común en nuestra poesía. Del mismo modo, raras combinaciones métricas (¡dodecasílabos de seguidilla!, eneasílabos de arduos acentos…) conducen a los versos sobre el filo de prosaísmo y lirismo, crudo realismo y estilización, y trazan sílaba tras sílaba, sin auxilio de ninguna leyenda, los rasgos de un rostro humano creíble, al fin, por su sola evidencia poética.


Pablo Anadón

[Reseña publicada en la revista Fénix / poesía-crítica, Ediciones del Copista, Córdoba, Nº 6, Octubre 1999, y en el Suplemento Literario de La Gaceta, San Miguel de Tucumán, 21 de noviembre de 1999, pág. 3]