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domingo, 7 de mayo de 2017


Alejandro Nicotra

Tres poemas




Estación

Ya pronto
el fresno del jardín vestirá de amarillo
la tierra, en torno a sí. Vendrán las horas
que espera el hombre viejo:
                                            reclusión,
junto a la luz de una ventana,
con el libro en la mano y la memoria
sobrevolando días, los residuos
del amor y del duelo.

*

Estrofa de invierno

                                           (Jardín)

Este rocío, alguna vez,
te fue sonrisa, dádiva
del alba:               
 ahora, al despertar,
                        se ofrece
─un don también, lo sabes─
en tenue lágrima, de cuanto
ha dejado la noche.


*
  
Última cita

Ella está ahí, esperándome,
a pocas cuadras, en la plaza
final:
         yo camino, despacio,
atento al mundo
de la acera ─sus árboles, sus pájaros─
por si aún me entregase una palabra,
ya última, que darle:
                                 ofrenda, sí,
de reconciliación.


Alejandro Nicotra


[Inéditos, abril-mayo 2017]

sábado, 17 de octubre de 2015

Alejandro Nicotra


Estelas





Estelas

                                                  a Manchita


Esta piedra de cuarzo en el jardín,
sobre lecho de tierra
y alrededores verdes,
                               se parece a la luna
niña de esta mañana.
Y se parece a ti, por su blancura,
en tu noche, bajo ella.


*


La poesía, como el ángel
de Rilke, no distingue
entre vivos y muertos:
                                     así,
aún te habla, en esta noche,
tal como si estuvieras, dormitando,
cerca del fuego.
(Y dice que mi mano, en su verdad,
te acaricia.)



Alejandro Nicotra

miércoles, 26 de agosto de 2015

Alejandro Nicotra


Esta piedra de cuarzo en el jardín








Esta piedra de cuarzo en el jardín

                                         
                                                                a Manchita, in memoriam


Esta piedra de cuarzo en el jardín,
sobre lecho de tierra
y alrededores verdes,
                           se parece a la luna
niña de esta mañana.
Y se parece a ti, por su blancura,
en tu noche, bajo ella.




Alejandro Nicotra

lunes, 6 de julio de 2015

TRES AMIGOS

 
[Alfredo Veiravé, Alejandro Nicotra y Horacio Castillo,
en la ciudad de Mendoza, 1991.
Fotografía obsequiada por la familia de Horacio Castillo
]



Sucede

                                         a Horacio Castillo


Como en el centro ambiguo
de un sueño o una historia recordados,
aflora, a veces,
la ilusión, el fantasma
de lo real.
                  Sus alrededores
―rostros, lugares, voces―
convergen ―y se anuda
el destino:
                   zona irritable,
si la tocas.
                   Pero,
ahí te habla, estuvo
esperándote, el poema.


Alejandro Nicotra

[De una palabra a otra
Ediciones del Copista, 
Col. “Fénix”, Córdoba, 2008]


*


Ella en Sardes


Ella, a menudo, en Sardes,
tendrá su pensamiento aquí.

Como el caballo rompe el ronzal
y corre libremente por la llanura,
así volará hacia aquí,
con el destino atado todavía al cuello.

Cuando estuvo entre nosotros,
en ti echó raíces, de ti se nutrió,
pues toda alma es parásita
y sólo a expensas de otra alma crece.

Por eso ahora, en Sardes,
afilando el ojo en el esmeril,
ella tendrá su pensamiento aquí,
lejos de sus brazos, en un dominio bárbaro.


Horacio Castillo

[Tuerto reyCarmina, Buenos Aires, 1982]


*


Carta al poeta Alejandro Nicotra
antes de salir de viaje para México


Tu desnuda Musa, en Villa Dolores,
claridad errante que se desviste sobre los poemas no escritos
te “dictó” estos bellos que acabo de recibir; los respondo
   con un soplo de estas operaciones del viaje
   que ahora emprendo / volaré en trance cuando me leas
sobre un piso de Jumbo encima de las cordilleras
andinas de América, bajo el volcán de Cuernavaca
donde se emborrachaba el Cónsul de Lowry, sobre la bella
catedral de Tepozotlán, Clima cerca del mar si miras el mapa /
y preguntarás una vez más ¿por qué la poesía quiere salirse de madre
   cuando es el sol sobre las piedras pintadas y redondas
   de tu pequeño río cordobés, donde nos bañamos una vez, y conversamos
para unas eternas (dóciles) reverberaciones
si son las únicas que valen “cuando se apaga el grito del mundo”?

No lo sé, solamente siento el esqueleto lleno de murmullos
en los espartillos de la República y la cabeza llena de ruidos
   del mundo, aunque siempre son ellos los que me llaman.
Viajar hacia adentro como haces tú, o viajar hacia afuera /
¿los “estables” y los “errantes” del siglo XVII de Paul Hazard?
   corriendo por los aeropuertos son una encrucijada
del universo que nos pide más vida en la muerte del aire novedoso,
   en los océanos terrestres de una Comala
   verde de otra
   Comala muerta con voces que hablan entre los
terrones del duelo y
la locura de Susana San Juan: un huevo de perdiz
que se abre bajo los papalotes de donde sale la madre de cada uno
de nosotros, acompañándonos
con sus navegaciones mortuorias
   queriendo saber al fin quiénes somos de lo que ella engendró alguna vez,
en la hora en que los sueños se vuelven verdaderos
como tus citas de Seferis;
en la hora de despedirnos de los poemas, a la hora de cerrar los libros
   que quedan sobre mi escritorio.

Quedar entre las sombras esperando que salgan los sueños de la casa:
   unos corriendo con la angustia de la velocidad / otros
vestidos con lujosas máscaras ceremoniales
y palabras nunca dichas / algunas, femeninas, hijas de la Realidad
con la boca entreabierta apenas, murmurando, murmurando un adiós
   al abrir la puerta.

Cuando uno viaja ¿quién habla en el poema? ¿El que se va o el que vendrá?
Ulyses atrapado por Circe haciendo el amor debajo de un león
parado en cuatro patas sobre ellos. ¿El recuerdo de Itaca?
Ahora ha vuelto el calor al Chaco lo cual no afecta mi presión
arterial bastante controlada, he dejado casi de fumar
y te escribo urgentemente antes de salir
   de viaje
mientras tú enciendes serenamente
   tu pipa. Y reflexionas
en lo profundo e intocado del verso.


Alfredo Veiravé

[Laboratorio central
Sudamericana, Buenos Aires, 1991]


miércoles, 18 de mayo de 2011

ALEJANDRO NICOTRA

LAS AVENIDAS


[A. N. hacia la época de publicación
de Puertas apagadas. Foto de J. C. Chávez]

 Me envía mi padre, para ver qué opino, una nueva versión del poema “Las avenidas”, publicado originariamente en su libro Puertas apagadas (Ediciones La Ventana, Rosario, 1976) y luego eliminado del mismo, según su costumbre de corregir, reordenar y a menudo descartar textos y partes completas de sus poemarios (cuando no los enteros libros, como es el caso de los volúmenes anteriores a Puertas apagadas). Antes de que se arrepienta de esta versión revisada del intenso poema, lo publico aquí, y con él celebro tardíamente los ochenta años de una vida dedicada con honda, sapiente, fervorosa y solitaria entrega a la poesía.



LAS AVENIDAS



Las avenidas
silenciosas bajo los árboles y la luz de mercurio,
a las tres de la madrugada,
extienden el espacio de un poema
donde los pies monótonos
van midiendo la soledad y el cansancio.


Despiertas por tus pasos,
quizá te evoquen las imágenes del amor
en el susurro de las hojas
o en la cabellera más alta de la noche,
inclinada, a esa hora, hacia el reposo y el sueño,


o quizá sólo muestren
el desierto de asfalto,
con lámparas que alumbran el vacío
y árboles desterrados a su nada.


Las avenidas
igual se tienden a lo lejos,
más allá de tu casa,
hacia los límites de la ciudad, en donde
comienza el sitio de las sombras.


*


Ciudades,
avenidas perdidas en la madrugada
─ojos fijos, desiertos, árboles cabeceantes─,
avenidas
donde unos pasos buscan, vagamente,
algún cuarto en que dormir la soledad.


(Frente al café,
la plaza vela sus espacios
y alguien sale a la noche
sin otro rumbo que el azar de las calles,
dédalo de todos y de nadie.)


Ciudades,
edificios de ventanas dormidas
y puertas apagadas,
avenidas en las que lleva el viento
los fantasmas del polvo pálido del asfalto.


(En las luces del centro,
unas máscaras últimas ríen y se abrazan,
ronda la policía,
los semáforos guiñan –rojo –verde,
y unos papeles huyen
con su noticia indescifrada.)


*


Tal vez
una ventana sobre un río,
con las luces de la ciudad en el agua,
o las avenidas
en las noches de marzo o de noviembre
(cuando algo comienza o algo termina),
lugares que lleves por el tiempo
y que, tal vez, pudieran entregar a la página
lo que en ellos quería ser,
destino.


(Lo que fue y no sabrás nunca del todo,
inclinado sobre sus figuras
de reflejos y ondas, de árboles y pavimento,
y lo que es aún, el poema que escribes,
derivando hacia el alba.)


Sí, lugares que lleves por el tiempo,
ciudades como páginas
que nadie ha de leer,
avenidas nocturnas de marzo o de noviembre,
cuando algo comienza o
algo termina.


 
ALEJANDRO NICOTRA

lunes, 21 de febrero de 2011

ELOGIO DE LA LLUVIA


Luego de la larga sequía, desde hace varios días no deja de llover en Alta Gracia. Así como Sarmiento hablaba del valor educativo de la nieve, que favorece en los pueblos el recogimiento meditativo y el estudio, de modo parecido podría hablarse del valor poético de la lluvia. Al menos en mi caso, escuchar el sonido de las gotas sobre el patio y sentir el olor de la tierra mojada, me transporta a ese estado de asombro o enrarecimiento del ánimo, siempre un poco extático, que en ocasiones precede al surgimiento de las primeras palabras de un poema. Ahora mismo llueve, y me digo si esa sensación de inocencia o apertura hacia el mundo no será el efecto de una situación grabada en la memoria desde los lejanos días de la infancia: la protección de la casa, los vidrios empañados y surcados de estrías líquidas, el niño que mira a través de la ventana… O tal vez algo más ancestral, heredado de generación en generación, frente a los fenómenos de la naturaleza, como la fascinación de la luna. En fin, en homenaje a estas aguas que han venido a refrescar el agobio del verano, aquí transcribo un puñado de poemas, de autores nacionales, que la tienen como tema o como fondo, varios de los cuales a veces me digo a solas para acompañar con palabras su magia inexpresable. No es una antología pluvial de la poesía argentina, sino sólo algunos pocos textos que me están próximos en el sentimiento de la lluvia.


OLAS GRISES

Llueve en el mar con un murmullo lento.
La brisa gime tanto, que da pena.
El día es largo y triste. El elemento
Duerme el sueño pesado de la arena.

Llueve. La lluvia lánguida trasciende
Su olor de flor helada y desabrida.
El día es largo y triste. Uno comprende
Que la muerte es así..., que así es la vida.

Sigue lloviendo. El día es triste y largo.
En el remoto gris se abisma el ser.
Llueve... Y uno quisiera, sin embargo,
Que no acabara nunca de llover.


LEOPOLDO LUGONES
(De El libro de los paisajes, 1917)



*

EL MATE

De ti a mí, mano a mano,
el mate viene y va.

El mate es como un diálogo
con pausas que llenar.
(Darío lo ha llamado
calumet de la paz.)
Niño que se ha dormido
cansado de llorar
y aún suspira: la lluvia
cae sobre la ciudad.
El brasero sus brasas
aviva fraternal
y, como en la charada,
llena todo el hogar.

De ti a mí, mano a mano,
el mate viene y va.

Nos quedamos callados,
mirando sin mirar
un cuadro, un libro abierto,
un reflejo fugaz.
Tenemos una pena
Como de soledad;
Nos falta un hijo y algo
que no tendremos ya.
El reloj da la hora
de la serenidad
y, grano a grano, cuenta
arenas en el mar.
La lluvia se diría
que licúa el cristal.
El brasero calienta
el frío del hogar.

De ti a mí, mano a mano,
el mate viene y va.

Hace poco perdimos
un amigo ejemplar;
perdimos un hermano
de exquisita bondad.
Se le acabó la vida
antes de comenzar.
Presente en el silencio,
sabemos bien que está,
pero callamos, porque
no podemos hablar.
Tú principiaste un cuadro;
yo, un libro; y ahí están,
sin terminar las manos,
la estrofa sin final.

De ti a mí, mano a mano,
el mate viene y va.

Llevamos siete años
de vida conyugal,
y nuestro amor reclina
su frente en la amistad.
De los viejos proyectos
casi no hablamos más;
hay algo que nos dice
de un fracaso brutal.

Nos miramos con pena,
durmiendo sin soñar,
nos ha engañado el sueño:
ya no soñamos más.

De ti a mí, mano a mano,
el mate viene y va;
viene a mí fervoroso,
casi frío a ti te va.

No hay más luz que las brasas,
ni más calor, quizás.
Mi cigarrillo quema
sustancia sideral,
y como se ve poco,
no nos vemos llorar.


EZEQUIEL MARTÍNEZ ESTRADA
(De La Argentina, 1927)


*

EL VIEJO LIBRO

La lluvia, el viejo libro y tu recuerdo,
oh amigo, me han llenado de tristeza.

Se diría que en estas claras páginas
que están como impregnadas de tu ausencia,
vive un poco de tu alma, de tus ojos,
de tu sonrisa entre viril y tierna.
Y pienso que este libro, amigo mío,
es el único lazo que en la tierra
une mi vida frágil a la tuya
silenciosa y serena.

Lentamente he cerrado el viejo libro
y el alma toda se me ha vuelto niebla.


EMILIA BERTOLÉ
(De Espejo en sombra, 1927)


*


VIEJO CAFÉ TORTONI

A pesar de la lluvia yo he salido
a tomar un café. Estoy sentado
bajo el toldo tirante y empapado
de este viejo Tortoni conocido.

¡Cuántas veces, oh padre, habrás venido
de tu graves negocios fatigado,
a fumar un habano perfumado
y a jugar el tresillo consabido!

Melancólico, pobre, descubierto,
tu hijo te repite, padre muerto.
Suena la lluvia, núblanse mis ojos,

sale del subterráneo alguna gente,
pregona diarios una voz doliente,
ruedan los grandes autobuses rojos.


BALDOMERO FERNÁNDEZ MORENO
(De Sonetos, 1928)



*


LA LLUVIA

Bruscamente, la tarde se ha aclarado,
Porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa
Que sin duda sucede en el pasado.

Quien la oye caer ha recobrado
El tiempo en que la suerte venturosa
Le reveló una flor llamada rosa
Y el curioso color del colorado.

Esta lluvia que ciega los cristales
Alegrará en perdidos arrabales
Las negras uvas de una parra en cierto

Patio, que ya no existe. La mojada
Tarde me trae la voz, la voz deseada,
De mi padre que vuelve y que no ha muerto.


JORGE LUIS BORGES
(De El Hacedor, 1960)



*


CIERRA UN CÍRCULO

Nubes negras, rayo de la locura.

Desde todas las calles,
enredándose en cóleras
y crucifixiones,
huye el viento.

La hoja seca estampada sobre el vidrio
abre su boca muda,
grita.

Y ya no están las figuras del polvo.

Pero, alguien lo sabe:
la noche cae en lluvia o en palabras
sobre las sordas ruinas,
cierra un círculo.


ALEJANDRO NICOTRA
(De Lugar de reunión, 1981)



*


VISITA ANTES DE LA TORMENTA

a Luisa y Pedro, ahora juntos

Más parecido a ustedes, menos roto,
he venido aquí para que el mundo
no cambie, para defenderlos con arte
del cielo oscuro y del trueno.

Que la muerte siga:
eso haré por los dos, débiles y ocultos,
mientras dedos que envejecen
rozan el granito, el talismán mellado.

He vuelto con la garganta
aún cerrada por el decoro
que alguna vez cederá, incluyendo
días de culpas invisibles, destinados hoy
a deshacerse con hojas terminales
o almas enredadas en el viento
en inestable mezcla y dispersión.


RODOLFO GODINO
(De Elegías breves, 1999)



*


EL HUERTO ABANDONADO

El huerto abandonado:
paraíso de avispas y de pájaros.

Aún crece la frutilla en la maleza
y ahora, con la lluvia,
tras el vidrio del cuarto oscurecido
puede verse el follaje,
el envés del follaje de un olivo vencido,
chorrear como una fuente.

Retumba la tormenta.
Se oyen los goterones golpear sobre la tierra.
Y ya es la luz del día
una blanca osamenta
que el olvido desgasta.

Debajo del parral, una buhardilla
que resguarda del frío
la memoria perdida.
Y oculta, más allá,
una rama caída
cargada de manzanas.

Cuando un golpe de viento entreabre las hojas,
me alcanza desde lejos, aquí en la oscuridad,
con un toque carnal, la conmoción:
el latido de un día, de un lugar, de una llama.

Si revela el secreto
se adensa el nunca más,
y la sombra hace suya la palabra desnuda,
el salvaje pudor de su silencio.


RICARDO H. HERRERA
(De Estudios de la soledad, 1995)



*

LA LLUVIA

Llueve: ahí está el poema. Llueve y llueve.
Si lo escribo, está bien; si no lo escribo
habla sin mí la boca de la lluvia
y escuchará su voz quien pueda oírla.
El poema es eterno. Está ahí afuera,
en la noche. Si en ella no lo escuchas
tampoco oirás la lluvia de mi verso.
La lluvia es la memoria de la tierra.
Antes de mí y antes del hombre y antes
de la vida compuso su poema.
Oye: es el más antiguo. Llueve. Llueve.
Llueve sobre el injusto y sobre el justo.
Llueve sobre los vivos y los muertos,
sobre el lugar lejano en que fui niño,
sobre la flor de un gran amor marchita,
sobre tu juventud que se despide.
Llueve en la noche. Escucha. Llueve y llueve.


ALEJANDRO BEKES
(De Virgen de proa, inédito)