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sábado, 13 de octubre de 2018



Jacques Prévert

Las hojas muertas





Las hojas muertas

Cómo querría que aún te acordaras
de los días felices en que fuimos amigos.
La vida, en aquel tiempo, era más bella
y el sol ya no arde con el mismo brillo.

Los rastrillos recogen hojas muertas
―ya ves, yo no he olvidado―,
los rastrillos recogen hojas muertas,
y también los recuerdos y nostalgias.

Y los vientos del Norte las arrastran
hacia la noche helada del olvido...
Ya ves, yo no he olvidado
esa canción que me cantabas.

Una canción que se nos parecía,
vos me amabas y yo también te amaba.
Vivíamos, entonces, siempre juntos
―yo que te amaba, y vos también me amabas.

Pero la vida, silenciosa, aleja
a los que dulcemente se han querido,
y el mar borra las huellas en la playa
de los amantes y su amor perdido.

Jacques Prévert

[Versión de P. A.
Córdoba – Ranchos, 12-X-18]

*

Les feuilles mortes

Oh! je voudrais tant que tu te souviennes
Des jours heureux où nous étions amis.
En ce temps-là la vie était plus belle,
Et le soleil plus brûlant qu'aujourd'hui.

Les feuilles mortes se ramassent à la pelle.
Tu vois, je n'ai pas oublié...
Les feuilles mortes se ramassent à la pelle,
Les souvenirs et les regrets aussi

Et le vent du nord les emporte
Dans la nuit froide de l'oubli.
Tu vois, je n'ai pas oublié
La chanson que tu me chantais.

C'est une chanson qui nous ressemble.
Toi, tu m'aimais et je t'aimais
Et nous vivions tous deux ensemble,
Toi qui m'aimais, moi qui t'aimais.

Mais la vie sépare ceux qui s'aiment,
Tout doucement, sans faire de bruit,
Et la mer efface sur le sable
Les pas des amants désunis.

Jacques Prévert





domingo, 28 de febrero de 2016

Alfonso Berardinelli

Charles Baudelaire:
A una mujer que pasa

 
Giovanni Boldini, Portrait de Madame Lantelme



A une passante


La rue assourdissante autour de moi hurlait.
Longue, mince, en grand deuil, douleur majestueuse,
Une femme passa, d’une main fastueuse
Soulevant, balançant le feston et l’ourlet;

Agile et noble, avec sa jambe de statue.
Moi, je buvais, crispé comme un extravagant,
Dans son oeil, ciel livide où germe l’ouragan,
La douceur qui fascine et le plaisir qui tue.

Un éclair... puis la nuit! —Fugitive beauté
Dont le regard m’a fait soudainement renaître,
Ne te verrai-je plus que dans l’éternité?

Ailleurs, bien loin d’ici! trop tard! jamais peut-être!
Car j’ignore où tu fuis, tu ne sais où je vais,
O toi que j’eusse aimée, ô toi qui le savais!


Charles Baudelaire


*


A una que pasa


La calle sordamente alrededor aullaba.
Alta, esbelta, enlutada, doliente majestuosa,
una mujer pasó; con la mano fastuosa
en alto, los festones del ruedo balanceaba,

ágil y noble, con su silueta divina.
Como un extravagante yo bebía, crispado,
en su ojo, cielo lívido donde brota el tornado,
la dulzura que embruja y el placer que asesina.

Un relámpago... ¡y noche! Fugitiva beldad
que renacer me hiciste con tu mirada trunca,
¿no he de volver a verte sino en la eternidad?

¡Lejos, lejos de aquí! ¡Muy tarde! ¡Acaso nunca!
Pues no sé dónde huiste, y tú ignoras mi hado,
¡oh tú, tú que sabías que yo te hubiese amado!


Charles Baudelaire

[Traducción de Alejandro Bekes,
en Fénix / poesía – crítica,  N° 19,
Ediciones del Copista, Córdoba, Abril 2006]



La desconocida, la transeúnte sin nombre que aparece e inmediatamente después desaparece en este famoso soneto de Charles Baudelaire, es uno de los personajes centrales de la poesía moderna. Es la suntuosa, conmovedora alegoría del amor anónimo, es la encarnación del Eros efímero, de la belleza que huye, contra el fondo de la primera metrópolis modernamente multitudinaria de la cual la poesía haya hablado. Lo que Baudelaire roba a la casualidad es un acto de amor sin duración, en el que se consuma una comunión sólo visual, una certeza de reconocimiento instantáneo y tal vez imaginario, en medio de la multitud sin rostro.
Según Walter Benjamin, el mayor y más original estudioso de Baudelaire, que dedicó años de investigación a París “capital del siglo XIX”, la experiencia fundamental en la literatura del siglo pasado es justamente el contacto con la multitud urbana, o más precisamente la presencia de esta multitud en toda experiencia y en la forma que toda experiencia individual asume. “La multitud: ningún otro objeto se ha impuesto más autorizadamente a los escritores del siglo XIX.” La experiencia de este contacto es descrito por escritores y filósofos, Hegel y Victor Hugo, Eugène Sue y Friedrich Engels. Pero en Baudelaire, dice Benjamin, la multitud es hasta tal punto una presencia total y envolvente que ya no hay necesidad de describirla como un fenómeno, como un objeto externo al observador: “La masa es tan intrínseca a Baudelaire que se busca en vano en él una descripción […]. Su multitud es siempre la de la metrópolis, su París está siempre superpoblada.” Es exactamente a partir de estas consideraciones sobre la presencia de la multitud que comienza el análisis benjaminiano del soneto. En esa masa en movimiento que es la multitud, la fascinación del encuentro inesperado y del descubrimiento coincide con el espasmo de la pérdida. El momento de la aparición es también el momento de la desaparición. Aquí el amor relampaguea como promesa, incuso como certeza (“O toi que j’eusse aimée, ô toi qui le savais!”). Pero la promesa no tendrá prosecución, no tiene futuro, y queda por lo tanto como una promesa vacía, sin otro lugar y tiempo que aquél instantáneo del encuentro. La misma certeza de amar y de ser amados es una certeza alucinatoria, que nada puede comprobar fuera de una mirada.
“El éxtasis ciudadano”, dice Benjamin, “es un amor no tanto a la primera como a la última mirada. Es un adiós para siempre, que coincide, en el poema, con el instante del encanto. Así el soneto presenta el esquema de un shock, más aún, el esquema de una catástrofe.” Esta belleza fugitiva es una lívida aparición, que anuncia el huracán y no puede sino ser luctuosa. La bellísima y majestuosa viuda lleva ya el luto de un amor agonizante, que nace y muere en un centelleo de reciprocidad tan intenso cuanto abstracto. Lo que une y separa a los dos amantes potenciales es el velo negro de la melancolía, el sentimiento de todo lo que aparece para desaparecer. Ese luto de la mujer es la anticipación de la precariedad catastrófica que fija y anula al amor en su estado germinal. Desde su misma aparición como posibilidad relampagueante y borrascosa, este amor es sólo el recuerdo de un amor ya vivido o vivido quién sabe dónde. El enigma de este instante que el soneto de Baudelaire aferra con milagrosa y obsesiva prontitud, es el enigma de una figura viviente en movimiento, es la percepción de su tránsito a través de un presente en equilibrio entre la inexistencia del pasado y la inexistencia del futuro.

Alfonso Berardinelli


[Traducción de Pablo Anadón,  
de: Alfonso Berardinelli, Cento poeti. Itinerari di poesía
Arnoldo Mondadori Editore, Milano, 1991/1997]