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jueves, 29 de diciembre de 2022

 

Biagio Marin

 

Yo espero siempre, todavía espero…

 




 

Yo espero siempre, todavía espero

que llegue el día, que llegue la aurora,

y que ella venga para darme un beso

y ofrecerme un geranio en su florero,

 

antes de que la nube todavía roja

del día final se haya desvanecido,

sobre el lido,

sobre el médano.

 

Es ya la última hora:

transcurre calma y silenciosa,

mientras se lleva la luz de la vida;

y aquí yo espero, todavía espero.

 

Biagio Marin

 

[Versión de P. A.

Los Molles, 27-XII-22]

 

*

 

Me 'speto senpre, 'speto incora,

che fassa l'alba, che fassa l'aurora,

e che la vegna a dâme un baso,

a ufrîme el so geranio in vaso,

 

prima che 'l nuòlo incora rosso

de l'ultima zornâ sia disparìo,

sora del lìo,

sora del dosso.

 

Xe za l'ultima ora:

la score calma e sita,

la porta via la luse de la vita,

e me son qua che 'speto incora.

 

[Io aspetto sempre, aspetto ancora che faccia l'alba, che faccia aurora, e che venga a darmi un bacio, a offrirmi il suo geranio nel vaso, prima che il nuvolo ancora rosso dell'ultima giornata sia scomparso, sopra il lido, sopra il banco di sabbia. È già l'ultima ora: scorre calma e silenziosa, porta via la luce della vita, e io sono qua che aspetto ancora.]

 

Biagio Marin

(Grado, 1891-1985)

 

Del libro A sol calào, Rusconi, Milano, 1974.

 

En la ilustración: Vincent van Gogh, "Geranio en una olla", 1886.

 

Escribe Pier Vincenzo Mengaldo sobre la poesía de Biagio Marin: «La dialéctica entre mutassion y eterno se inclina toda a favor del segundo término, que es luego el canto mismo: “El cambio origina el canto; / no tengas miedo de desaparecer; / dura un instante el día / pero es eterno el encanto” [“la mutassion origina el canto; / no ‘vê paura de sparî; / dura un atimo el dì / ma xe eterno l’incanto”]; y en otro poema se expresa la voluntad de detener y eternizar por medio del canto el flujo del tiempo […]. Pasolini, justamente, ha visto en esta continua reducción y selección, profundamente anti-realista, y en la consiguiente monotonía temática, el resultado de la aspiración “a hacer de Grado el cosmos”, dilatando sus objetos y fenómenos en sentido simbólico-religioso, el signo de una poesía que más quiere afirmarse absoluta cuanto más se constituye sobre lo transitorio y efímero. Estando Marin, en sustancia, fuera de la historia, siempre igual a sí mismo, tranquilamente puede continuar escribiendo sus dos o tres “piezas” diarias (un poco como los Lieder que Schubert apuntaba en las cuentas de la hostería), en una especie de ritual y de cotidiana transacción con lo Eterno.” [Pier Vincenzo Mengaldo, Poeti italiani del Novecento, Mondadori, Milano, 1978, págs. 504-505]