martes, 28 de mayo de 2019



Berardinelli sobre Saba





¡Qué escándalo, Umberto Saba! Es el poeta italiano más grande del siglo XX e ignora la modernidad: “¿Es un poeta fuera de la historia?”, se preguntaba Giacomo Debenedetti, el crítico de Saba por excelencia, su “descubridor” y mayor analista. Y comenzaba a responder que: “Sería extraño, porque está entre los más decididos líricos del hombre inmerso en la propia historia individual como historia de los hechos, y partícipe de la historia y de la vida cotidiana de todos, o porque está implicado en ella, o porque se duele de no estarlo suficientemente”. Cierto, la modernidad de Saba no es una modernidad de manual de Lo Moderno. La idea misma de que los autores sean interpretados antes que nada en base a categorías de este tipo es una idea que Saba vuelve vana. El imperativo de Rimbaud (“Hay que ser absolutamente modernos”) ha envejecido más rápidamente que la poesía de Saba, que no envejece.
“Ha sucedido, en Italia, con el Cancionero de Saba”, escribió Elsa Morante, “lo que casi siempre sucede con las obras de la más grande poesía: que ellas son demasiado ‘modernas’ todavía, para sus contemporáneos, y deben esperar, para que su significado se despliegue en su plenitud, a que lleguen a ellas las generaciones futuras.” Y un poco más adelante: “Esos valores que, imitando una frase de Saba, podrían definirse ‘valores de la morte’, se dejan reconocer, en nuestras estéticas contemporáneas, por el extraño culto que éstas tienen de lo informe (sea que este informe se esconda bajo las exterioridades de lo abstracto, del naturalismo de manera, o del virtuosismo filológico” (“Il poeta di tutta la vita”, en “Pro e contro la bomba atómica, Adelphi, 1987). No sé si las generaciones futuras alcanzarán alguna vez a Saba. Pero por qué Saba es un escándalo se lo comprende leyendo un poema como éste, que hoy se ha vuelto, sin quererlo, mucho más transgresivo y perturbador que cualquier teoría del erotismo y del vértigo electrónico. Las transgresiones eróticas inundan los quioscos de diarios, son bizcochos dulces para consumir a la siesta, mientras los niños juegan acostados sobre la moquette, con el control del televisor en la mano…
¡Pero una cocina económica con dos albañiles y un viejito! ¿Quién soportaría, en un país desarrollado como el nuestro, a una visión semejante! ¿Quién no sería despedazado por los más violentos shocks emotivos y morales frente a la palabra “pobreza”, acompañada por el adjetivo “grande” y asociada al sustantivo “salvación”? ¡Pobreza como salvación! Y luego “polenta” cerca de “belleza”, y “alma” al inicio y “pueblo” al final… ¡Poemas como éste se leen en la escuela! […]


Alfonso Berardinelli

[De “Umberto Saba”, en: Cento poeti,
Mondadori, Milano, 1991, pp. 303-304]

*

Cocina económica


¡Inmensa gratitud a la existencia
que ha conservado estas queridas cosas,
océano de delicias, alma mía!

¡Oh, cómo todo en su lugar se encuentra!
¡Oh, cómo todo en su lugar persiste!
También hay salvación en gran pobreza.
De la rubia polenta la belleza
conmueve mi mirada; el corazón,
por secretos hechizos, sube a límites
del humano posible sentimiento;
yo, si pudiera, aquí querría morir,
me trajo aquí un instinto. Indiferentes,
dos albañiles cenan a mi lado;
y un viejito que el plato sin el vino
ha consumido, en sí se ha recluido
y en la dulce tibieza acogedora,
como el niño en el vientre de la madre.
Se parece, quizá, a mi pobre padre
vagabundo, al que madre maldecía;
un niño estremecido la escuchaba.
Me siento aquí cercano a mis orígenes;
me siento de regreso a un lugar mío;

al pueblo en el que muero, en que he nacido.


Umberto Saba

[Versión de P. A.
Córdoba, 24-V-19]

*

Cucina economica


Immensa gratitudine alla vita
che ha conservate queste care cose;
oceano di delizie, anima mia!

Oh come tutto al suo posto si trova!
Oh come tutto al suo posto è restato!
In grande povertà anche è salvezza.
Della gialla polenta la bellezza
mi commuove per gli occhi; il cuore sale
per fascini più occulti, ad un estremo
dell'umano possibile sentire.
Io, se potessi, io qui vorrei morire,
qui mi trasse un istinto. Indifferenti
cenano accanto a me due muratori;
e un vecchietto che il pasto senza vino
ha consumato, in sé si è chiuso e al caldo
dolce accogliente, come nascituro
dentro il grembo materno. Egli assomiglia
forse al mio povero padre ramingo,
cui malediva mia madre; un bambino
esterrefatto ascoltava. Vicino
mi sento alle mie origini; mi sento
se non erro, ad un mio luogo tornato;

al popolo in cui muoio, onde sono nato.


Umberto Saba

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