sábado, 22 de agosto de 2015

Alfonso Berardinelli

¿Finalmente somos todos poetas?
La deriva demagógico-populista sobre la poesía

 
[Alfonso Berardinelli en Alta Gracia, en el ¿2003?]

“La poesía está viva, viva la poesía”. Así el domingo pasado en la “Lettura” del Corriere della Sera sonaba el festivo grito dominical con el cual ha sido titulado un largo artículo de Paolo Di Stefano. El tranquilizador mensaje (copos de azúcar lanzados al pueblo de los poetas) era especificado en los subtítulos: el número y la calidad de los autores contradicen a los profetas de la catástrofe, hay “editores heroicos, los espacios están a salvo, los versos encuentran lectores, pero se ha perdido el diálogo entre las generaciones de escritores”.
Bien: primero la agradable mentira y luego, al final, una sencilla verdad: entre los muchos y solícitos poetas de hoy y los pocos poetas de ayer “se ha perdido el diálogo”, como decir que la continuidad se ha interrumpido y la que hoy llamamos poesía, en la mayor parte de los casos, tiene poco que ver con la que se definía como poesía ayer. ¿Ha habido tal vez una radical revolución formal? ¿Como la que un siglo atrás alejó la poesía del siglo XX de la del siglo anterior? No, ninguna revolución formal, sino una revolución social: el pueblo ha tomado el poder poético. Y viva, somos todos libres de crear, de expresarnos, de publicar. Con el derecho, además, de tener derecho (para decirlo con aquel retórico de Rodotà) de ser considerados poetas si lo deseamos poderosamente, si estamos firmemente convencidos de serlo. Sentirse poetas, lograr publicar, equivale al derecho de ser considerados poetas, “prescindiendo” de lo que hayamos escrito. Quien tenga algo que objetar sobre la sustancia (sobre la cualidad, el valor, el interés) es un profeta de la catástrofe.
El populismo en política tiene sus contraindicaciones, porque acaricia los deseos y los sueños de las mayorías. Tiene, sin embargo, buenas razones en todo sistema democrático en el cual el poder en teoría pertenece al pueblo. El populismo poético, en cambio, es sólo ridículo. Merecería una sátira surrealista (ah, ¡si los surrealistas existieran todavía!) o una escena de teatro del absurdo, en la cual aparezca un solo inocente lector perseguido por veinte poetas que reivindican el derecho de ser leídos por él… También en poesía está vigente ya una paradoja, como en todas partes en la sociedad: la pretensión de pertenecer a un club exclusivo que no obstante abre las puertas a todos.
Paolo Di Stefano escucha diversos pareceres y parece (parece) llegar una vez más a conclusiones optimistas. Uno puede quedarse a escucharlo, dudando o no. Pero las que cuentan son las cinco listas de poetas con sello timbrado y certificación otorgada por el Corriere. Paso por alto la primera lista, brevísima, la de los nacidos antes de 1930: Nelo Risi, Giampiero Neri, Giancarlo Majorino, Franco Loi. Aquí hay poco para objetar. Pero las cuatro listas que siguen contienen a 54 poetas. Son demasiados, pero también son pocos. Hace un año, según el crítico Alberto Casadei, los poetas en actividad eran 110, es decir, el doble (le escribí una cartita abierta, porque se había olvidado por completo de los 6 que yo publiqué en Scheiwiller: Carlo Bordini, Bianca Tarozzi, Riccardo Held, Giorgio Manacorda, Paolo Febbraro, Matteo Marchesini).
Nicola Crocetti, editor de la revista Poesia, habla de cómo acertar a los “valores auténticos” entre los “centenares de libros que salen”. Buen problema. Más aún, el único problema. Pero cada uno puede notar que hoy casi no hay crítico que se ponga de acuerdo con otro incluso si se deben individualizar sólo los diez nombres más seguros. Si se llega a los 54 (según Di Stefano), a los 64 (número caro a Cortellessa) o a los 110 (número elegido por Casadei), reina la confusión, pero tambalea también la demagogia poética-populista, porque el pueblo de los poetas excluidos incluso de listas tan generosas es al menos igualmente amplio cuanto la de los incluidos.
Sería divertido ejercitar el métido de la adivinanza. Un ejemplo: los Novissimi de la neovanguardia eran Giuliani, Pagliarani, Sanguineti, Porta, Balestrini. Entre éstos los poetas eran dos. Adivinen cuáles. Repasando las listas de los poetas nacidos después de 1930 y llegando a 1980, prueben de adivinar por cada década cuáles son los “valores auténticos” y cuáles los presuntos derechos poéticos, adquiridos por antigüedad o por “usucapión”. En lo que a mí respecta, poetas legibles no he encontrado más de 10 ó 12 dentro de 54. Adivinen cuáles son, procurándose un ejemplar de la “Lettura”, en su quiosco hasta el 15 de agosto.

P.S.: En cuanto a la legibilidad de los poetas, no es necesario hacerse los vivos. Se puede ser gramaticalmente claros, y sin embargo ilegibles, en el sentido de que, después de haber leído, la lectura resulta inútil. Hoy los poetas de lectura clara han aumentado. Se lee y no es que no se entienda: pero no se entiende por qué se dice de ese modo lo que se dice, desde el momento que leyendo vienen inmediatamente ganas de decirlo de otro modo, o no decirlo en absoluto. La ilegibilidad es esto.


[En: “Il Foglio”, 16 de agosto, 2015,
Traducción de P. A., Córdoba, 21-VIII-15]

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