jueves, 2 de diciembre de 2010

Lección de lo irremediable
o el aprendizaje de la despedida
(Encuentro con Jacobo Regen y su poesía)




En los primeros días de octubre de 2003 se realizó en Salta el Seminario Internacional sobre Dante Alighieri, cuyo objetivo principal era sentar las bases del Primer Congreso Latinoamericano sobre la obra del poeta florentino, celebrado en octubre de 2004, ambos organizados por la Universidad Católica de Salta y la Universidad de Cassino, Italia. Con buen criterio, habían sido invitados a participar, además de especialistas dantianos de Italia, España y Cuba, y estudiosos de la literatura italiana de la Argentina, poetas y escritores como Raúl Aráoz Anzoátegui, Horacio Armani, María Esther Vázquez, Joaquín Giannuzzi, Santiago Sylvester... Es bueno, pensamos, que se reconozca que los poetas, aun sin llevar en su valija instrumentos filológicos de última generación, suelen tener lúcidas y vívidas cosas que decir sobre la poesía, como que a ella le han dedicado lo mejor de su existencia.
Además del interés, por lo tanto, que tenía el encuentro desde un punto de vista crítico, la esmerada atención de los organizadores y la belleza de Salta y las salteñas, las jornadas ofrecían la oportunidad de compartir unas horas de amistosa charla con estos admirados autores. Todo transcurría de la mejor manera posible, pero yo sentía a lo largo de los días una insatisfacción creciente; no cumplía con uno de los propósitos que me había fijado para el viaje: conocer al poeta Jacobo Regen, a quien leo y admiro desde hace años. Fue entonces que ocurrió algo que no se nombra con la palabra azar.
El mediodía del 5 de octubre de 2003 me encontraba en el café del Hotel “Regidor”, frente a la Plaza 9 de Julio, conversaba con los nuevos amigos Antonio Ramón Gutiérrez, Liliana Bellone y su hija Verónica, les preguntaba por la poesía reciente de la provincia y en el momento mismo en que les confesaba que a quien quería encontrar, y no podía, era al venerado Jacobo Regen, cuya Antología poética, recién editada por el Fondo Nacional de las Artes, me había traído desde Córdoba para que me la dedicara —en el preciso instante en que pronuncié su nombre (ellos están como testigos), Antonio hizo un chasquido con los dedos, como suelen hacer los magos, y señalando por la vidriera del café, exclamó: “¡Ahí mismo lo tenés!” Regen pasaba por la vereda, con su ambo claro, un poco raído y arrugado, el paso rápido, su mirada inquieta detrás de los anteojos y la nobleza de su frente clara y erguida. Todavía me parece ver la expresión de extrañeza con que acudió al llamado de sus comprovincianos.
Y así pudimos estrecharnos en un abrazo con este poeta excepcional. Nos quedamos un par de horas conversando, horas cuya riqueza sé que voy a atesorar como esos raros momentos de intenso entendimiento humano que la vida cada tanto nos da. Quedamos luego en encontrarnos para cenar por ahí, y lo vi alejarse en un taxi, saludando detrás de la ventanilla. Cuando me reuní con el resto de los congresistas, que ya concluían su almuerzo, y les conté eufórico del extraño encuentro, Leonor Fleming recordó de memoria unos versos de Regen, con los que querría comenzar mi comentario de su poesía:

Sé dura, oh luz, conmigo.
No regañes a flor de piel, inquiere
lo que en el fondo busca tu castigo
y, sin descanso, hiere.

Hiere profundo, profundo.
Que es mucho lo que perdí,
rodando... (no por el mundo
sino por dentro de mí).

En estos versos del primer libro de Regen, Canción del ángel (1964)[1], encontramos concentrado mucho de lo que caracterizará el temple estilístico y espiritual de su obra. Ante todo, la síntesis extrema del lenguaje, que sin embargo no da en ningún momento la sensación de sequedad o incompletud: no asistimos aquí a una estética del fragmentarismo, sino a una clásica depuración de elementos adjetivos, explicativos o circunstanciales. Lo que pueda perderse en la aprehensión de la tornasolada variedad de detalles del vivir, se gana en incisividad y sugerencia expresivas. Podemos, tal vez, extrañar que se nos diga qué es lo que en el fondo busca ser castigado, o qué es, concretamente, todo aquello que se ha perdido, pero cada cual puede dejar que esas palabras hagan resonar dentro de sí los ecos de experiencias semejantes (¿quién, que es, no lleva culpas que piden su expiación, quién no ha perdido demasiado a lo largo de su vida?).
Si bien podría vincularse esta búsqueda de esencialidad con una tendencia importante hacia la ascesis verbal que se da en la poesía argentina a partir de los años cincuenta (que, por otra parte, contrasta notablemente con otras líneas de expansividad coloquialista que predominan en la década del sesenta), la depuración regeniana me parece que presenta peculiaridades propias de su personalidad humana y poética. Esa luz que se apostrofa en el brevísimo poema quizá sea la luz de la conciencia, quizá la misma “lumbre pródiga” de la poesía, que se menciona en un texto fundamental dentro de la obra de Regen, “Intemperie final o lumbre pródiga”, con el cual se cerraba la edición de sus Poemas reunidos (1992)[2]: “Intemperie final o lumbre pródiga, / sólo en tu templo quiero descalzarme / y esparciar las cenizas de este vaso / donde no bebo yo ni bebe nadie. / Haz que el silencio mío, ya de piedra, / recuerde sus oscuros lagrimales / y llore con la música que antaño / se desnudaba, trémula, en un ángel”.
Lo cierto es que esa dureza luminosa que el poeta pide que ejerza su poder en la profundidad de su espíritu, nos habla claramente de una voluntad ética indisociable aquí de la voluntad estética. Tal asociación, contra lo que pudiera creerse, no es tan común, y la implacable obediencia a su dictamen es decisiva en el arte poética de Regen, que determina un arte de actuar (de ser), de escribir y de amar: “Si alguna vez amó / no fue de paso. / Obediente al recuerdo / cerró todas las puertas / de su sangre” (“Obediencia”). Podemos creerle, pues, al poeta cuando anota este arte poética de cuatro versos: “Yo creo en las palabras / que son carne y espíritu: / tatuajes repujados / a punta de cuchillo”.
Los tatuajes de la lírica de Regen están hechos, pues, de pocos trazos. Trazos indelebles, inolvidables. Ayudan a ello no sólo su condición de palabra nutrida menos de tinta que de sangre, como pedía Nietzsche, sino también su finísima musicalidad, muy personal también, como su lenguaje. Tanto en su lenguaje como en el ritmo de su verso advierto la misma cualidad: una antigua modernidad, o una modernidad antigua. El poeta puede acuñar una coplilla de sabor a lejana sabiduría popular (“Dos caminos tiene el mundo; / dos caminos, nada más: / uno que va y que no vuelve, / otro que vuelve y no va”), o un poema en verso libre o un soneto, así como puede incluir en sus textos un ángel o una rosa —tan frecuentados por la lírica cuarentista— o un tobogán de incinerador ciudadano, que su entonación resulta siempre naturalmente nueva, sin alardear de novedosa: necesaria, sin más.
Hay una libertad extraña en esta necesidad, que es justamente la libertad necesaria del estilo personal, por cuya gracia inédita cualquier vocablo, giro o recurso expresivo puede encontrar su agua lustral. En los versos del primer poema citado (“Sé dura, oh luz, conmigo...”), por ejemplo, percibimos con nitidez la naturalidad con que se conjugan heptasílabos y endecasílabos, que es lo tradicional, con octosílabos, que ya es una combinación, como se sabe, nada frecuente, y al conjunto, que discurre en palabras y expresiones casi tomadas de la conversación cotidiana (“no regañes”, “a flor de piel”, “lo que en el fondo busca tu castigo”, “es mucho lo que perdí”), se le da el sello lacrado de la rima consonante alternada.
Retomando la imagen final de este poema, diría que desde el primer poema hasta el último de la breve obra de Jacobo Regen se reconoce una poesía que tiene la cualidad de los cantos rodados, ese pulido inconfundible que no se debe sólo al burilado del arte, sino sobre todo al roce de la palabra que ha llegado rodando desde una gran distancia, desde un largo silencio reflexivo. Este decantamiento también forma parte de la ética del creador.
Para un poeta como Regen, para quien el destino del hombre se cumple en el silencio y la contemplación activa, propia de los seres que viven en constante diálogo consigo mismos, la relación con la sociedad contemporánea nunca debe haber sido fácil. (Recuerdo bien, a este propósito, su impaciencia mal reprimida cuando en el restaurante adonde generosamente me invitó, tuvieron la mala idea de encender a todo volumen el televisor, para que los comensales pudieran disfrutar a sus anchas del sutil humorismo de Marcelo Tinelli, y el desasosiego con que me contó que debajo de su casa habían instalado un taller de motos...). Le creemos sin esfuerzo cuando en el primer poema de Canción del ángel afirma: “Serenamente, digo: «Soy un ángel»”. En efecto, agrega, “Ningún platillo de la balanza sube, / o baja, / bajo mi peso”. Esta sensación de ser, en lo mejor de sí mismo, cosa incorpórea, volátil, contrapuesta a las aristas, el aturdimiento, la estupidez y la áspera consistencia de nuestra época, no puede sino derivar en un destino trágico.
Tal es, creo yo, lamentablemente, el destino que se lee en las líneas de su obra poética. Ya en su primer libro esa contradicción se plasma en uno de los poemas más sencillos y conmovedores que puede dictar la piedad filial: “La imperiosa pregunta / de los bondadosos padres: / —¿Qué harás con todo ello? / ¿Podrás comer, vestir, casar, vivir? // Y el hijo tiene la respuesta del humo / desvanecido en el aire, / de las ciudades íntimas del sueño, / de la bruma que envuelve los puertos / y de la infancia inmortal. // Mas no responde. / Cuando el silencio lo humilla, / baja la cabeza. / Y ellos lo miran con profunda / lástima de sí mismos.” Este bajar la cabeza del hijo poeta ante las sensatas interrogaciones de los padres explica mucho del estoicismo con que el hombre acepta el desamparo de la poesía en una sociedad que ha vendido su alma, así como acepta los despojos que la vida, naturalmente, inflige con el tiempo.
El poeta baja la cabeza, pero no duda de su íntima certeza poética. De allí que, asumiendo la mirada ajena, la propia existencia se le aparezca como fantasmal (lo es, en la balanza donde una moneda pesa más que una pluma), pero no deja de ver que el universo que la palabra crea tiene leyes tan ciertas como las que hacen girar a las constelaciones. Son los fantasmas, nombrados a menudo en su poesía, que saben más que el hombre que los sueña: “Tan sólo mis fantasmas / saben lo que sucede / conmigo. Yo lo ignoro”. Magistralmente dice Georges Schehadé: “Hay jardines que no tienen ya países”, y Regen, no menos magistralmente, glosa: “Umbroso mundo, / seguiremos siempre / poblando de fantasmas verdaderos / tus países ausentes. / Así, lejos de todo, / crecerá en el olvido un árbol verde / a cuya sombra vamos a dormirnos / hasta que alguna vez el sueño nos despierte”.
Es un estoicismo, el suyo, veteado de piedad y de desdén. Su desdén, como el de todos los espíritus superiores (“anima sdegnosa”, se definía Dante), que no es sino el reverso de la dureza que se ejercita también sobre sí mismo, suele despuntar a veces en sutiles ironías (por ejemplo hacia “el solidario prójimo” cuyo “lema siempre fue: «lo mío es mío / y lo tuyo también»”) o en algún epigrama, de medida furia filosa, como “Víbora”: “Hay que agarrar a la víbora / por la cola de la víbora / y quebrarle la cabeza / que desde la cola empieza”. Y asimismo una piedad infinita —infinitud cuya vibración se vuelve más conmovedora por la brevedad de sus acordes— hacia los seres que pudo haber hecho sufrir en su vida (las elegías a la madre, por ejemplo, están transidas de remordimiento), hacia el dolor y la fragilidad de sus semejantes, y hacia todos aquellos que padecen la desposesión, como la “desmemoriada vieja” que “barre con su mirada los umbrales / en busca de las sobras que siempre le faltaron”, o el dueño de unos zapatitos en el estremecedor poema “La fiesta”, que se diría una síntesis anticipada (la injusticia es imperecedera) de la era menemista: “Fin de año. ¿Año del fin? ¡Quién lo sabrá! / Papá Noel ya no regala: pide. / Borracha de odio cruza la farándula. / Dos zapatitos en la sombra gimen.”
Aprender a vivir —si es que tal cosa existe— tal vez no sea sino aprender a aceptar lo irremediable. Pero, ¿cómo aceptar que un amor, que lo fue todo, se pierda para siempre? ¿Cómo aceptar que nunca más veremos la cara a nuestros padres, a nuestros hijos? ¿Cómo aceptar que lo que somos dejará de ser, será absoluta nada? La poesía de Jacobo Regen se inició tempranamente en esta lección de lo irremediable, que es como decir el aprendizaje de la despedida. Despedidas, de hecho, son muchos de sus poemas. Por eso el despojamiento que caracteriza a su escritura no es meramente una condición estética a que se somete lo vivido, sino que se demuestra una cualidad intrínseca del temple espiritual de su existencia. En este aprendizaje del adiós, cuando lo por venir se presenta tan perdido como lo pasado y lo mejor de lo pasado llega “cuando la rosa / sus cenizas esparce al firmamento”, la poesía se convierte en ese último ámbito en donde el hombre puede ofrendar incluso su miseria o su fracaso, donde la nada humana adquiere la dignidad de lo sagrado: “Intemperie final o lumbre pródiga, / sólo en tu templo quiero descalzarme / y esparcir las cenizas de este vaso / donde no bebo yo ni bebe nadie.” Es por eso que el poeta, que en el centro de la soledad metafísica puede despedirse hasta del universo, ciego del mundo (“porque no quise ver”, aclara, como el kafkiano artista del hambre) continúa declarándose mendigo de la poesía.
Con esta última lección de renuncia transfigurada en absoluta dedicación poética, titulada justamente “La poesía”, querría cerrar esta aproximación a una de las obras más intensas e ignoradas de la lírica argentina de hoy:

Sin decírselo a nadie
seguiré despidiéndome.
Borrados los caminos,
sólo a la infancia
que me sobrevive
regreso alguna vez.
Y me quedo
de espaldas en la hierba
contemplando las luces absortas
que cantan para mí.
(El lamparón de Venus
pulido por el aire,
la cruz del Sur caída en mi costado.
Pero eso fue.
Ya ciego,
porque no quise ver,
soy tu mendigo.


NOTAS


[1] Canción del ángel, Tucumán, 1964, Premio Ricardo Jaimes Freyre. Precedentemente, Regen había publicado una plaqueta en Córdoba, en 1962, editada por Alberto Burnichón, titulada Seis poemas.
[2] Poemas reunidos, Ediciones del Tobogán, Salta, 1992, con ilustraciones de José Ferrari y prólogo de Zulma Palermo.


P. A.

Alta Gracia, 2005

8 comentarios:

  1. Hola Pablo. Por empezar, excelente el ensayo. Por otra parte, también me fascina la poesía de Regen; tuve la suerte de conocerlo por medio de una profesora de la Universidad. Ahora, seguramente sabías, está muy enfermo. Por otra parte, yo también recuerdo haber estado en ese Congreso; en ese momento era una joven estudiante de Letras de la Universidad de Salta, con ganas de inmiscuirme en todos los eventos necesarios que me llevaran a aprender más sobre la literatura y sus misterios. Casi por último, la anécdota que contás realmente es grandiosa! Te puedo decir que por esos lares de la plaza 9 de Julio en Salta, suelen pasar cosas grandiosas. También conozco a Antonio y a Liliana, y también tuve la suerte de tomar un café frente a la plaza con ellos. Ahora sí, por último, muchas gracias por mencionar lo de la belleza de las salteñas.

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  2. Gracias, Lucila, me alegra mucho que te haya gustado el ensayo. Me llegó algún rumor de que Regen estaba enfermo, pero no lo sabía a ciencia cierta. Si lo ves, o conocés a alguien que lo vea, te ruego que le hagas llegar mis saludos y mi admiración.
    Un abrazo, Pablo.

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  3. Excelente Pablo!! Toda la poesía de Regen me anduvo merodeando este último tiempo, también su fuerte historia de haber sido encontrado golpeado en la calle, llevado al hospital y todo eso, que no sé porque razón en imagen me hizo relacionarlo a Fijman. Y me quedé pensando en ese momento del abrazo, cuando uno admira a alguien, esas cosas pasan a formar parte de las riquezas de uno, sin duda. Así me pasará con todo lo compartido en lo personal con Máximo Simpson y Hugo Caamaño, obra que te insisto busques...era íntimo amigo de Giannuzzi, a quien nombras tamabién en este ensayo. Un abrazo querido Pablo, siempre dando tanto.

    Lily Chavez

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  4. Gracias a vos, Lily, una vez más. En efecto, la figura no sólo poética sino también humana de Regen es realmente entrañable. Un afectuoso abrazo, Pablo.

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  5. Hola Pablo. Realmente me encantó lo que escribiste acerca de mi hermano. Con respecto a su salud, quiero comentarte que él tuvo un accidente a fines de 2009 pero se está recuperando en forma admirable. Yo vivo en Tucumán, lo visito a menudo y hablo por teléfono con él todas las semanas, de modo que con mucho gusto me encargaré de trasmitirle tus palabras.
    Un abrazo,
    Bernardo Regen

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  6. Bernardo, qué alegría saber que te ha gustado lo que escribí sobre tu hermano y su admirable poesía. Más alegría aun me da enterarme de que se está reponiendo de su accidente. Te agradezco que le transmitas mis palabras, y te ruego que le hagas llegar también un saludo afectuoso de mi padre, Alejandro Nicotra, por quien leí por vez primera los poemas de tu hermano. Un cordial abrazo, Pablo.

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  7. Pablo,el sábado hablé un rato largo con Jacobo y, por supuesto le trasmití tus saludos y los de tu padre, que sin duda le vinieron muy bien, y me pidió que les retribuyera afectuosamente a ambos.
    Como él no tiene internet, le imprimí tu ensayo y se lo voy a enviar en esta semana.
    Te mando un fuerte abrazo
    Bernardo

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  8. Muchas gracias, Bernardo, por la intermediación. Yo le mandé hace algunos años un ejemplar del número de la revista "Fénix" donde publiqué originariamente ese ensayo, pero no sé si le habrá llegado el envío, así que me alegra que se lo acerques por tu lado.
    Gracias de nuevo, y un fuerte abrazo, Pablo.

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