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martes, 15 de junio de 2010

El silencio escandido del telar
(La poesía de Mirella Muià)





Puede decirse, en términos generales, que tres voces poéticas de mujer han surgido como refracción del grito que estalló en el ‘68. Primero, la de la poesía programáticamente feminista, más preocupada a menudo por indagar la situación social de la mujer que por la concreción de una perdurable obra literaria: “La realidad —afirma de manera paradigmática la escritora Dacia Maraini en la antología Donne in poesia— es que todo discurso literario para la mujer se transforma inmediatamente en un discurso social y político. Sus contribuciones a la poesía deben ser vistos con el ojo antropológico con el que se analizan las contribuciones de los pueblos oprimidos, subdesarrollados, esclavos” (Roma, 1976, p. 32). Luego, la que mide su desencanto —la historia fue contradiciendo, una por una, las esperanzas de esos años— con lucidez, ironía y un cierto íntimo y difuso resentimiento. En tercer lugar, la que ha confiado a la poesía “el canto de su abandono” (la expresión pertenece a la Dido ungarettiana) y de su entrega a una existencia capaz aún de provocar la leopardiana ilusión, un modo todavía de atormentada o feliz inocencia. Esta última voz es la más rara, y es la que escuchamos en los poemas de Mirella Muià[1].

De la vida de esta poetisa, todo lo que habría que decir resulta demasiado, o demasiado poco. Pero tal vez valga la pena intentar un término medio, sugerir algunos trazos biográficos, no sólo porque pueden ayudarnos a distinguir mejor algunos rasgos de su obra sino porque a través de ellos podemos vislumbrar una de las fisonomías de la mujer de su generación. Su existencia, es cierto, ha estado signada por elecciones singulares y extremas, pero quizá por su misma singularidad y extremismo puedan dejarnos ver en líneas esenciales —como al trasluz las nervaduras de una hoja— el perfil de una época.

Nacida en Siderno, puerto de la Calabria sobre el mar Jónico, de un padre marinero y una madre descendiente de la vieja y venida a menos nobleza del lugar, a los tres años se trasladó con su familia a Génova, donde vivió hasta los veinte años. A esa edad decidió ir a estudiar a París. Militante comunista desde los dieciséis años, llegó a la Sorbona cuando la agitación estudiantil estaba en sus comienzos. Intervino activamente en las revueltas de mayo del ‘68, fue arrestada y debió regresar a Génova, justamente cuando también en esta ciudad se desataba el movimiento de rebeldía juvenil. Fue encarcelada nuevamente y otra vez emprendió el viaje a París. Residió en la capital francesa por más de veinte años y participó en los círculos intelectuales reunidos en torno a Sartre, Todorov, Althuser (confiesa, sin embargo, no haber dejado nunca de sentirse una planta mediterránea trasplantada en medio de la gris teoría). Desde la adolescencia escribía versos, pero por mucho tiempo —los años más fervorosos de su compromiso político— abandona la poesía: “lujo de pocos para pocos”, recuerda haber pensado. Vuelve a hacerlo luego de una profunda crisis espiritual, y sus palabras nacen de una raíz lejana: el suelo natal, el de sus padres y abuelos, el mar de las costas del sur de Italia, los hombres que parten a buscar una vida distinta en otras tierras, las mujeres que quedan esperando. Así aparece, en 1986, en edición bilingüe, su primer y único libro de poemas publicado, La Toile / La Tela y, en 1988, una novela, Portrait de père inconnu. Trabaja en París como profesora de literatura hasta que en 1987 decide regresar a su país y a su región de origen, donde actualmente vive, dedicada a la enseñanza universitaria y especialmente a la práctica —vía de ascesis y contemplación— de la pintura de íconos de acuerdo con las técnicas y el espíritu de la antigua tradición bizantina del Monte Athos.

Como puede verse a través de este esbozo biográfico, la de la poesía ha sido en Mirella Muià una vocación difícil, que ha debido sobrevivir y resurgir tenazmente entre las grietas de la ideología política planteada en términos totales y excluyentes (cuyos efectos de aridez creativa fueran denunciados por el mismo Pasolini) y de una fe religiosa no menos absolutizadora. Quizá, en última instancia, una y otra no hayan sido y sean sino formas de una misma pasión o de renuncia de sí, por los otros o por lo Otro.

La renuncia de sí, precisamente, en todos sus matices, desde los más luminosos a los más sombríos, me parece que es uno de los motivos vertebrales de su breve obra (inédita, en gran parte, por voluntad de la autora). Renuncia, privación, en la entrega amorosa, vivida sobre todo como separación y espera, que encarna en la figura dramática de la mujer que aguarda el retorno del marido marinero, en La Tela. Renuncia, luego, a la vida, cuando ésta se ve vaciada del sentido de la espera: el marinero no regresa a su mujer ni a su tierra (otra renuncia, la del hombre que abandona su suelo natal) y la esposa se encierra para siempre en su casa. Con posterioridad, las poesías que podemos considerar de naturaleza estrictamente religiosa —una religiosidad que ya está presente en La Tela, pero que se hace más acentuada y nítida a partir de los textos del ‘86—, llegan a asumir incluso un lenguaje y una simbología propia de la literatura mística cristiana, donde la búsqueda de una expresión personal queda abolida: el intento ya no reside en decir lo propio y particular, sino en plasmar, como en la práctica de la pintura de íconos, del modo más perfecto y fiel lo eterno. Los términos se invierten, pues: lo privado es vivido como privación y la renuncia de sí toma el carácter de una ascesis, un camino purgatorial y sacrificial que suele resolverse —también como en la técnica pictórica del ícono, en que se comienza con los pigmentos más oscuros para terminar, por medio de sucesivos, innumerables estratos de color, a los tonos más claros— en un sentido de luminosidad nacido de la misma sombra.

Lo constante y característico en todas estas formas es una suerte de fatalismo, la aceptación de lo que es transportado al plano de lo que debe ser, que da a menudo a los versos de esta poetisa una tersa imperturbabilidad —plena, no obstante, de presagios—. De allí que no encontremos en sus textos, a pesar de estar impregnados de sufrimiento y muerte, el lamento, la elegía, sino más bien un sentimiento trágico de la existencia, para el cual lo individual queda subsumido en la necesidad absoluta. El silencio escandido del telar, en el primer texto aquí presentado, puede ser un símbolo adecuado de esta poesía.

Silencio; remisión al destino; separación y espera; clausura; y el abandono, las costumbres pobres, antiquísimas y todavía vivas —esa virtud humilde, por ejemplo, de la hospitalidad, que Pavese confinado en Brancaleone Calabro decía que “tiene una sola explicación: aquí una vez la civilización fue griega”—; la figura femenina en sombras, aparentemente postergada, pero central; los colores de la tierra —el ocre, el verde claro de las tunas y los agaves, la retama solar, la polvorienta opacidad de los olivos, las casas arcillosas o deslumbrantes de cal, los balcones negros y rojos— y al fondo el tajo azul del mar: difícilmente encontraremos en la poesía italiana de los últimos años una obra en la cual el temple anímico del hombre (y sobre todo de la mujer) de una región y la fuente de imágenes de su naturaleza posean un valor tan nutriente y vital —siendo a la vez tan poco voluntario o programático— como en la escritura de Mirella Muià. Quizá porque su tierra ha sido por años para ella menos una presencia que una ausencia, lo cual le ha dado la libertad de madurar en la memoria y el olvido todo aquello que sus ojos habían visto en la primera infancia y que más tarde habrían de renovar y enriquecer las evocaciones de labios de su madre y las visitas estivales en la adolescencia y juventud, quizá haya sido esa libertad de la distancia la que le ha permitido armonizar en clave íntima las voces de los otros y entrelazar con hilos de historias de su gente la tela de su propia historia, un mito personal y colectivo. Así lo dice la autora en unas palabras que acompañan a los poemas —en realidad un único poema— de La Tela:

"El mito de la espera femenina, de la errancia masculina, es antiguo y universal. Pero en ningún lugar tan radicado como en el mundo mediterráneo. Sólo importa expresarlo sin colorearlo de un exotismo que en su origen no tiene. Sólo importa dejarle su cotidianidad, su claroscuro, su ritmo. Y sobre todo dejar que hablen esas voces que bastan, por sí solas, a materializarlo.
La poesía relato es también una historia antigua.
En este libro, nada ha sido simplemente inventado, todo ha sido transformado y por lo tanto reinventado. Pero estoy segura que la verdad no se les escaparía a los protagonistas, quienes podrían ser, un día, sus lectores. Estoy segura, por haberlo experimentado muchas veces: el telar, el árbol desarraigado, la partida del marino, el abandono de la mujer y su petrificación, todo esto no tiene nada de opaco."


[1] Mirella Muià nació en Siderno (Calabria), en 1947. Se licenció en Literatura Francesa en la Sorbona y en la Universidad de Génova, dedicándose a la docencia, por más de veinte años, en la capital francesa. Actualmente reside en Castiglione Cosentino (Calabria), y trabaja como Lectora de Literatura Francesa en la Universidad de Calabria. Ha publicado, en poesía, el libro La Toile / La Tela (Alidades, Le Havre, 1986), en versión francesa e italiana; Empédocle (Alidades, Le Havre, 1997), un poema narrativo, y una novela en francés, Portrait de père inconnu (Alidades, Le Havre, 1988). El resto de su obra poética permanece inédita.




MIRELLA MUIÀ

Tres poemas



La Madre (I)


quando nacqui
c’era già quel tonfo sordo:
qualcuno tesseva
non seppi mai chi
(una vicina forse
o una donna in nero
dimenticata?)
Ma non importava —
era sempre lo stesso sordo rumore
che andava e veniva
in una stanza lontana
Per anni l’ho udito
Quando nacque mia figlia
erano tutte attorno a me
Ma cercavo
che cosa mancasse:
era quel rumore sordo
Allora respinsi con le mani
il panno fresco sulla fronte
e dissi alle donne
che una andasse in una stanza lontana
e si mettesse al telaio
Così l’udii ancora
e fu di nuovo quel silenzio scandito
Mia figlia nacque
in quel silenzio


(La Tela,1986)


*

La Madre (I)


Cuando nací
ya existía ese sordo rumor:
alguien tejía,
no supe nunca quién
(¿tal vez una vecina,
una mujer de negro
olvidada?).
No importaba —era siempre
ese sordo sonido
que iba y venía
en un cuarto lejano.
Lo he oído por años.
Cuando nació mi hija
todas estaban
alrededor de mí:
yo buscaba
qué era lo que faltaba
—era ese sordo ruido.
Alejé entonces con mis propias manos
el paño fresco de la frente
y dije a las mujeres que una de ellas
fuera a un cuarto lejano
y se sentara al telar.
Fue así que volví a oírlo,
y hubo de nuevo aquel
escandido silencio.
Mi hija nació en ese silencio.


[La Tela, 1986]


*


La Madre (IV)

[...]



S’incontravano talvolta
a casa
Quando il padre era pronto
a partire
arrivava il figlio
Si salutavano
mangiavano assieme una volta
poi l’uno partiva di nuovo
e l’altro restava ancora
Io passavo il tempo
fre le valige da riempire
e quelle da svuotare
Quando tutto era finito
provavo vergogna
di sentirmi sollevata
ed ero così stanca
quando la casa restava vuota
che non pensavo a niente
Restavo per qualche giorno
seduta
con le mani sulle ginocchia


[La Tela, 1986]


*

La Madre (IV)

[...]


Se encontraban a veces
en casa
Cuando el padre ya estaba
a punto de partir
llegaba el hijo
Se saludaban
comían juntos una vez
después uno partía nuevamente
y el otro se quedaba un poco todavía
Yo pasaba los días
entre valijas por hacer
y valijas por vaciar
Cuando ya había terminado todo
me daba vergüenza
de sentirme aliviada
y estaba tan cansada
en la casa vacía
que no pensaba en nada
Me quedaba durante algunos días
sentada
las manos sobre las rodillas


[La Tela, 1986]








Dialogo


“Ti vidi giungere
dalla strada che viene dal mare
e scompare dietro le colline
La percorrevamo insieme, un tempo.
Non sei cambiata: unico mutamento
quel restringersi del corpo
simile al mio
Asciutte siamo, eppure leggere
come sassi di lava—

Posto c’è per noi due
Per dormire
a me basta questa sedia
Tu che vieni da lontano
prendi il letto:
chissà da quanto tempo non dormi
sul materasso di foglie
ma presto ti abituerai di nuovo
al fruscio leggero
Io non vi dormo più:
mi ricorda troppo il vento
nelle erbe secche
e i volti delle compagne ritornano alla mente
—ed io non voglio più ricordare
Noi dobbiamo essere pronte
come i viaggiatori che partono senza bagagli—
già il corpo è eccessiva zavorra

Ti dico
che come tu hai compiuto
un cammino a me ignoto nel mundo dov’eri
così compii il mio, sotterraneo
come l’anima del torrente d’estate
visibile solo all’erba verde
che ne segna il percorso nascosto
agli occhi di chi sa guardare
E come ti hai finito d’amare
le immagini e le parole vane,
così io mi sono allontanata
da ogni vuota memoria
da tutto ciò che è apparenza
e si muove nel vento
con un freddo brusio di gusci vuoti

(parlando,
accostava le palme l’una all’altra
sulle ginocchia
come le mani in preghiera di una statua
recise dal tempo
giacenti sulla veste bruna
come su una terra)

E anche se tu non parli
io leggo nei tuoi occhi le fiamme
di ciò che hai visto—
esse brillano come un incendio
sui vetri delle finestre
e tu pure nell’incendio hai bruciato
e forse ancora bruci—
ma di te si consuma soltanto
ciò che è destinato a perire
Forse nell’interno del paese
lontano dalla riva marina
e dal rombo del treno improvviso
esistono anime come le nostre
in segreto,
e si preparano alla morte
Noi pure siamo alla fine
e a me non dispiace partire—
ben che prosciugato
e quasi senza necessità di nutrimento
come un tronco che beve
e si contenta della profonda umidità del terreno,
questo corpo è fin troppo pesante”

(ma dai movimenti che fece alzandosi
per versare l’acqua nei bicchieri
a me parve il suo corpo
poroso e leggero come percorso d’aria—
le grida degli uccelli serali
avvolgevano la casa
in spire crescenti
come in una impalpabile rete)

“Sono tornata per morire”,
dissi allora

(dietro la casa il vento della sera
aveva traciato nel cielo luminosi solchi)


[Inedito. Parigi, dicembre 1986]


*

Diálogo


“Te vi llegar
por el camino que viene del mar
y desaparece detrás de las colinas.
Lo recorríamos juntas, una vez.
No has cambiado: tan sólo
el cuerpo que se encoge,
como el mío.
Prietas somos, pero leves
como piedras de lava.

Hay lugar para las dos.
Para dormir
a mí me basta esta silla.
Tú que vienes de lejos
toma la cama:
quién sabe desde cuándo que no duermes
sobre el jergón de hojas,
pero pronto te acostumbrarás de nuevo
al ligero crujido.
Yo no duermo más en él:
me recuerda demasiado al viento
entre los pastos secos
y las caras de las compañeras retornan a la mente
—yo ya no quiero recordar.
Nosotras debemos estar listas
como viajeros
que parten libres de equipaje:
ya el cuerpo es demasiado lastre.

Te digo
que como tú has cumplido
un camino para mí desconocido
allá en el mundo donde estabas,
así he cumplido el mío, subterráneo
como el alma del torrente de verano
sólo visible por la hierba verde
que señala su oculto recorrido
para los ojos de quien sabe ver.
Y como tú has dejado de amar
las imágenes y las palabras vanas,
así yo me he alejado
de los huecos recuerdos,
de todo lo que es apariencia
y se mueve en el viento
con un frío rumor de cáscaras vacías.
(Hablando
apoyaba las palmas
una al lado de la otra
en las rodillas
como las manos en plegaria de una estatua
cortadas por el tiempo,
yertas sobre el vestido oscuro
como sobre la tierra).

Y aunque no hables
yo leo el resplandor en tu mirada
de lo que has visto
—llamas que brillan como en un incendio
sobre los vidrios de los ventanales:
has ardido en ese fuego
y quizás ardes todavía—,
pero de ti solamente se consume
lo que está destinado a perecer.
Tierra adentro, tal vez, lejos del mar
y del fragor abrupto de los trenes
existan almas iguales a las nuestras
en secreto,
preparándose a morir.
También nosotras hemos llegado al fin
y a mí partir no me entristece
—aunque casi reseco
y casi sin necesidad de nutrirse
como un tronco que bebe y se contenta
con la humedad profunda del terreno,
este cuerpo me pesa demasiado”.

(Pero al verla moverse, levantándose
para llenar los vasos de agua
me pareció su cuerpo
poroso y liviano
como si lo atravesara el aire.
Los gritos de los pájaros nocturnos
envolvían la casa
en la espiral creciente
de una impalpable red).

“He vuelto para morir”,
dije entonces.

(Detrás de la casa, el viento de la noche
había trazado sobre el cielo luminosos surcos.)


[Inédito. París, diciembre de 1986]


Nota y versiones de P. A.

sábado, 5 de junio de 2010

L'ANNUNZIATA
(Antonello da Messina)





Un viejo poema de mi viejo libro Lo que trae y lleva el mar (1994). La ocasión del poema fue un viaje a Sicilia, la tierra de mis antepasados por vía paterna, y en particular la visita al Palazzo Abatellis, en Palermo, donde se encuentra la tela de Antonello da Messina conocida como "L'Annunziata". Escribí el texto en mi libreta, en prosa, delante del cuadro, a manera de apuntes para recordar lo visto, y luego lo transcribí en versos, sin demasiadas variaciones. Al publicarlo, lo dediqué a la poeta, colega en esos años y amiga calabresa Mirella Muià, quien además de ser autora de excelentes poemas casi desconocidos (traduje algunos por primera vez en castellano para la antología El astro disperso / Últimas transformaciones de la poesía en Italia) y de una novela en francés (Portrait de père inconnu), se ha dedicado durante largos años a la pintura de iconos, según las antiguas técnicas de la tradición bizantina de los monjes del Monte Athos. Lo dedico ahora asimismo a Alfonso Berardinelli, a quien este poema le interesó especialmente, sin duda por su gusto por la poesía que toma como motivo 'objetivo' a una obra pictórica. Vaya a ellos también mi agradecimiento por todo lo que me enseñaron y mi nostalgia de Italia.


RETRATO
L'Annunziata (Antonello da Messina)


Todo el secreto está en los ojos
y en la mano: desvía la mirada
mientras la palma levantada pide
un instante al destino
que la voz silenciosa le ha anunciado.

¿Hacia dónde se vuelven esos ojos
bajo el amparo del rebozo azul?

Hacia lo único, creo, que le queda
de sólo suyo, nada más que humano,
la vida como era hasta ese día,
como ya no será, esa que ella
y todos conocían, ignorando.

Y la mano suplica, todavía un segundo
de paz, de ensueño aún, y de silencio
para mirar en un rincón del cuarto
el claroscuro humilde... En la ventana,
la eternidad aturde con su ávida luz.



Lo que trae y lleva el mar. Poesía 1978-1994
(Rubbettino Editore, Soveria Mannelli, Italia, 1994)

domingo, 11 de marzo de 2018



Il mestiere di tradurre

(Respuestas a una entrevista
de Guillermina Delupi)



Boris Pasternak traduciendo a Shakespeare


1) Además de conocer a la perfección la lengua que va a traducir, ¿cuáles son los requisitos que debe reunir un traductor para ser bueno en su trabajo? (¿Y qué significa para vos en definitiva traducir).

Aunque practico la traducción de poesía desde la adolescencia, no diría que en mi caso se trata propiamente de un oficio: sólo ocasionalmente lo he ejercido como trabajo, y en cambio nunca he dejado de hacerlo por puro placer, el placer del trabajo artesanal de la poesía, sin las angustias de la creación original, por las que ya ha pasado su autor. La traducción, pues, en mi caso, se origina en la admiración por una obra, como quien se entusiasma tanto con una pieza musical que desea cantarla o tararearla o interpretarla en el propio instrumento. En cuanto a los requisitos, creo que hay tres más o menos imprescindibles, en el caso de la traducción de poesía: un conocimiento suficientemente amplio tanto de la lengua original como de la propia; un conocimiento suficientemente minucioso tanto de las formas poéticas de la obra original, ya sea escrita en verso libre o en verso medido, como de las formas poéticas de la propia lengua, y una atención extremada, como si se estuviera escribiendo un poema propio, a que el texto no suene sólo como un texto traducido, sino que dé la ilusión de que ha sido creado en el idioma de uno.

2) En tu experiencia, ¿creés que varía mucho el trabajo de traducción dependiendo del género? (narrativa, teatro, poesía; en tu caso puntual, contame sobre traducir poesía).

He traducido obras de narrativa, ensayo, teatro y poesía, y, en efecto, hay notables diferencias en el trabajo, particularmente entre los tres primeros géneros y la poesía. Aunque no varíe la atención meticulosa que todo género literario exige, creo que la poesía presenta mayores dificultades: “Poesía ―observó Robert Frost― es lo que se pierde en una traducción”. Aunque pueda sonar escéptica y tajante la afirmación del poeta norteamericano, no deja de tener su verdad, por el hecho de que la poesía conforma un nudo inextricable de sonido y sentido: el sonido involucra tanto la textura fónica de cada palabra como el ritmo peculiar de cada verso, en especial cuando se trata de versos con métrica y/o rima, como es habitual no sólo en la poesía tradicional, sino también en la poesía moderna, y el sentido suele conjugar, asimismo de un modo inescindible, la denotación y las connotaciones de las palabras. ¿Qué se puede hacer? Aunque parezca una empresa casi desesperada, casi imposible, el desafío consiste en recrear, no de un modo literal, sino, justamente, “recreativo”, un equivalente de sonido y sentido como el que se encuentra en el original, es decir, no una copia, sino una metáfora del mismo.

3) ¿Cuáles son las últimas traducciones en las que has trabajado? (O en las que estás trabajando actualmente).

He terminado recientemente una traducción del último libro de poesía de Boris Pasternak, “Cuando aclara”, y una traducción de la poesía completa de la poeta italiana Mirella Muià, ambas a pedido de la editorial Pre-textos de España, cuyos directores ya habían leído en revistas españolas diversas traducciones que había realizado de ambos poetas por el puro gusto de hacerlas. La misma editorial me ha pedido una antología de la poesía de Robert Frost, que aún tengo a medio camino. También por gusto hice años atrás una antología de la poesía italiana de las últimas décadas, ya publicada bajo el título de “El astro disperso”, hace poco revisada y reeditada por la Editorial Brujas de Córdoba, la versión del libro “Diario de Argelia” de Vittorio Sereni y de los poemas póstumos de Cesare Pavese, “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. En los dos últimos años traduje diversas colecciones de poemas de Serguiei Esenin, W. B. Yeats, T. S. Eliot, Eugenio Montale, Sergio Solmi, entre otros (como verás, para decirlo con una fórmula de Pavese, la traducción es para mí algo así como un “vizio assurdo”). No quiero dejar de mencionar que el primer libro de traducción de poesía publicado fue “El Dolor”, de Giuseppe Ungaretti, una traducción que hicimos a cuatro manos con mi hermano, Esteban Nicotra, en nuestra época de estudiantes, y del cual la editorial ya ha realizado numerosas reediciones a lo largo de los años.

4) ¿Quién es, a tu criterio, el mejor traductor que hemos tenido en Argentina y por qué?

Es difícil, si no imposible, elegir a sólo uno. En mi ensayo “Aproximaciones a la traducción de poesía en la Argentina”, que está incluido en una sección dedicada a la traducción de poesía en el libro “La poesía en el país de los monólogos paralelos”, he trazado una suerte de breve historia de la traducción de poesía en el país, donde menciono a numerosos autores valiosos. Si tuviera que destacar preferencias personales, nombraría ahora a Rafael Alberto Arrieta, Juan Rodolfo Wilcock, Horacio Armani, Raúl Gustavo Aguirre, Ricardo H. Herrera y Alejandro Bekes: en la tarea de ellos, aquella búsqueda casi imposible que decía, la de que el poema traducido se pueda leer como un poema original, con esa mágica conjunción de sonido y sentido, se ha vuelto a veces milagrosamente posible.


[Córdoba, 19-II-18]