martes, 27 de julio de 2010

DEBATE SOBRE EL VERSO LIBRE


[Carl Spitzweg, El poeta pobre]


En la edición del diario Clarín del 24 de julio del presente año, en la página de Cultura, se publicó una nota de Ezequiel Alemián titulada “La poesía argentina debate sobre el verso libre”, con motivo de la aparición del libro de varios autores El verso libre (Ediciones del Dock, Colección “Época”, Buenos Aires, 2010). Ciertos trabajos de ese libro polemizan con algunos ensayos míos, entre otros (también son mencionados textos de Ricardo H. Herrera y de Alejandro Bekes), por lo cual Alemián me envió días atrás un cuestionario para saber mi opinión sobre dicha polémica. Dado que, por comprensibles razones de espacio y organización de su nota, sólo pudieron transcribirse algunas frases de mis respuestas, a continuación las ofrezco en toda su extensión.

― ¿Cuáles son los principales puntos de disenso que tenés con respecto a las concepciones de lo poético que tienen los autores de El verso libre? ¿Alrededor de qué cuestiones te parece que gira el debate?

― Antes que nada, el libro me parece muy interesante, y me alegra que un conjunto de poetas con larga trayectoria en la escritura se reúna para reflexionar sobre una problemática como la del verso libre en la poesía actual argentina. Creo que en el volumen se pueden distinguir distintos matices en la coloración de los ensayos, desde los más encendidos y polémicos de Aulicino y Fondebrider a los más irisados y serenamente reflexivos de Oteriño y Sylvester. Por cierto, no sólo tengo discrepancias con los autores del libro, sino también concordancias. Ahora bien, me parece que hay en todos, o en la gran mayoría, una voluntariosa defensa del verso libre, defensa que adquiere casi el carácter de una bandera generacional, y que hasta cierto punto me sorprende, ya que resulta un tanto innecesaria, dado que es el tipo de verso dominante, casi único, en la poesía argentina actual, y que nadie, que yo sepa, ha impugnado su importancia en la literatura moderna. Tal apología se sustenta, en general, en dos pilares: primero, en que es el verso que mejor se corresponde con el espíritu de la época, definiendo la forma idónea de la poesía moderna y posmoderna; y segundo, que es el tipo de verso que privilegia los dos aspectos más destacados por la poesía moderna, la imagen y la idea. Mi discrepancia, siempre en general y en extremada síntesis, podría resumirse en los siguientes puntos:

a) El valor del verso libre, tomado en sí mismo, es incuestionable: ha sido un formidable, un revolucionario instrumento formal. El problema reside en que toda revolución permanente, como suele ocurrir, tiende a transformarse en tiranía, cuando el partido inicialmente revolucionario se transforma en el partido oficial y único, y la tiranía deriva en anquilosamiento y en decadencia: al no existir ya en el conocimiento práctico de los autores el contraste con las formas medidas, como existía en los primeros vanguardistas y hasta en los neovanguardistas, el verso libre se convierte en la sola opción posible, se estandariza, se debilita y pierde tensión, volviéndose indistinguible de la prosa cortada en cualquier lado (tal proceso de degradación estilística es designada "cualquierización" por Sylvester). La defensa del verso libre, pues, debería comenzar por la constatación del estado actual de su uso, para evitar que la discusión teórica pase por alto los datos que ofrece la práctica concreta de este verso en el presente.

b) No coincido con la identificación de verso libre y poesía moderna, como varios autores dan por un hecho comprobado: por el contrario, basta leer a poetas fundamentales de la lírica moderna en distintas lenguas (Eliot, Yeats, Apollinaire, Valéry, Rilke, Trakl, Ungaretti, Montale, Pasternak, Tsvietaeva, Borges, Neruda, etc.) para constatar que el trabajo y la experimentación con las formas medidas (e incluso rimadas) fue decisivo en todos ellos.

c) Muchos de los autores plantean una relación directa, de causa y efecto, entre “la época” y el verso libre. Tal vinculación asume casi el carácter de un dogma, de una verdad indiscutible. A mí me parece, en cambio, muy discutible. En primer lugar, porque no existe una versión única de la época, y en segundo lugar porque tampoco el verso libre parece ser la única alternativa para captar poéticamente el propio tiempo. Yo creo que Boris Pasternak, por ejemplo, logró dar una imagen muy vívida de la época que le tocó vivir, y su poesía trabaja con obstinado rigor con la métrica y la rima. Lo mismo puede decirse de numerosos poetas modernos. Vallejo, sin ir más lejos, ¿sólo da cuenta de su época cuando escribe en verso libre, o también lo hace cuando escribe con métrica?

― En el libro se critica una cierta concepción de la música en la poesía, una música del verso como cuestión esencial e intemporal de la poesía. ¿Cuál es tu postura al respecto?

― Creo que la atención a los diversos planos de la musicalidad del verso es fundamental para la poesía, incluso cuando se practica el verso libre. Por cierto, existen muchos registros musicales, incluso en la obra de un mismo autor (el caso de Borges es emblemático en este sentido: podemos encontrar en ella sonetos, poemas en cuartetos rimados, poemas en verso blanco, poemas en verso libre, poemas en prosa...). Aun cuando el poeta fuera “un rehén de lo eterno / en la prisión del tiempo”, como afirma Pasternak, creo que toda obra humana está sometida al trabajo de la historia: la evolución de cualquier literatura lo demuestra, con su alternancia de estilos estéticos. El cansancio de las formas es una ley elemental de la historia del arte: cuando un procedimiento se vuelve repetitivo, se hace rutinario, naturalmente surge la búsqueda de algo nuevo. Justamente, el verso libre, tal como hoy es practicado por una abrumadora mayoría de poetas en la Argentina, ya resulta bastante tedioso y previsible. Esto no quita que haya a la vez autores que escriban magníficas obras en verso libre. Con todo, sin incurrir en una paradoja, me parece que puede advertirse mayor poder de experimentación, en el presente, en poetas que trabajan con distintos procedimientos métricos, que en el exhausto y estandarizado verso libre en boga.

― El otro aspecto importante que se critica, y que tiene que ver con lo anterior es que, según esa otra concepción (en la que aparecés mencionado), la traducción de poesía debería hacerse respetando la música del verso en su idioma original. ¿Está bien entendida la cuestión? ¿Qué opinás al respecto?

― Entiendo, para decirlo en dos palabras, que si el poeta traducido escribía en verso libre el modo adecuado de traducirlo será en verso libre; ahora bien, si el poema ostenta en el original métrica y rima, o al menos métrica, será importante que en la traducción demos cuenta de tal dimensión musical de esa poesía. Por supuesto, a nadie se le ocurre traducir un soneto de Shakespeare reproduciendo los acentos del pentámetro yámbico, pero es un buen desafío hacerlo en los endecasílabos del soneto italiano y castellano. Digo desafío, no obligación, ya que cada cual traduce como quiere y como puede, y cada lector busca la traducción que le sea afín.

La polémica sobre la traducción y el verso libre surgió a propósito de un ensayo que publiqué en el número 20-21 de “Fénix”, “Aproximaciones a la traducción de poesía en la Argentina ”, donde señalaba que el imperio de la traducción versolibrista desde hace décadas en nuestro país había producido una imagen distorsionada de la poesía moderna, identificada exclusivamente con el verso libre, mientras que bastaba leer a muchos de esos autores en el original para advertir que en su obra se le daba una gran importancia al trabajo métrico e incluso a la rima. En el ensayo en cuestión ofrecía una larga lista de tales poetas modernos que, sin dejar de ser modernos, habían recurrido a la métrica y la rima. La polémica puede rastrearse luego en el último número de “Fénix”, en el blog de Jorge Aulicino (“Otra iglesia es imposible”), en el número 20 de la revista “Hablar de poesía”, en la discusión que siguió a una conferencia que di en el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires (puede seguirse en el blog del Club), y en varias entradas de mi blog “El trabajo de las horas”.

― ¿Qué entendés por música, cuando se habla de poesía? En todo caso: ¿cuál es la música de la poesía de esta época?

― La música de la palabra involucra una gran diversidad de aspectos: morfológicos (el reino, especialmente, de las aliteraciones), sintácticos (paralelismos, quiasmos, anáforas, etc.) y métricos, entre otros. En el ensayo “Diario del traductor”, que puede leerse en la primera entrada del blog “El trabajo de las horas”, intenté hacer un análisis de tales dimensiones de la musicalidad verbal en la poesía.

Ahora bien, no creo que haya una sola música que sea la apropiada para esta época, así como tampoco creo que "la época" sea un bloque monolítico idéntico para todos. Me parece tan adecuada para el siglo XX la música de un poema medido y rimado de Yeats, Montale, Brecht, Cernuda o Dylan Thomas, como la música de un poema en verso libre de Neruda o Celan.

― Adúriz hace en su artículo una suerte de historia del verso libre en la poesía argentina. ¿Puedo pedirte que me hagas vos una breve historia de la poesía argentina de acuerdo con tu concepción poética? ¿Cuáles serían los poetas destacados?

― Imposible responder a esta pregunta en pocas palabras. De todas maneras, para la discusión que aquí se trata, diré que entre mis autores más frecuentados se encuentran tanto poetas que escribieron preferentemente en verso libre, como poetas que lo han hecho en versos medidos, y aquéllos que han practicado indistintamente una forma y la otra.

― ¿El verso libre es “menos” que el verso medido? ¿Es una degradación del verso medido?

― No, por cierto. Verso libre y verso medido son dos recursos posibles para el poeta actual, en paridad de condiciones. Lo que sí me parece una degradación, del verso libre en sí mismo y del arte de la poesía en general, es el caso en que el poeta desconoce por completo los recursos métricos y emplea el verso libre por ignorancia, porque es lo único que está a su alcance.

― En uno de los ensayos se asegura que la historia de la poesía va de la música a la imagen. ¿Estás de acuerdo?

― Me parece una afirmación imposible de verificar en una confrontación con las obras concretas de la historia de la poesía, desde Homero hasta la lírica moderna. La poesía es una magnífica simbiosis verbal de música, imagen y concepto. Es natural que en un texto o el otro pueda destacarse más alguna de sus dimensiones, pero no veo la necesidad de mutilarla previamente de ninguna.


Alta Gracia, 9 de julio, 2010

3 comentarios:

  1. Me permito un comentario tal vez banal. No me imagino, en el ámbito de la música, a un John Cage ignorando la tradición musical desde el Medioevo hasta las vanguardias previas, o a Penderecki, que renovó todo el concepto de música sacra en obras tan estremecedoras como Utrenja o Dies Irae, obviando a Bach o Palestrina (de hecho, Penderecki realizó el camino inverso hacia una música cada vez más tonal y tradicional). La música del XX no partió del dodecafonismo y quedó allí; flirteó con los diversos folklores, con el jazz, con las músicas asiáticas y africanas, con las nuevas posibilidades que brindaba la técnica. Pero ninguno de los grandes pudo librarse del peso del romanticismo, el clasicismo, el barroco, el renacimiento. Los que no lo hicieron, creo, quedaron en el catálogo de los olvidables, cuasi snobs que solo perpetuaron el tedio.
    Un abrazo.

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  2. Coincido plenamente, Juan Carlos, con lo que decís a propósito de la experimentación musical en el siglo XX. Creo que ocurre lo mismo en el caso de la poesía. De hecho, a mi juicio, la intensidad y el valor de la ruptura son proporcionales a la fuerza de la tradición a la que se opone. Sólo quien conoce a fondo, íntimamente, esa tradición, se encuentra en grado de romper con ella. Así ocurrió con los grandes vanguardistas de la primera hora. Ahora bien, cuando esa tradición ya ha sido rota, dispersada y triturada hasta el hartazgo, ¿qué hacer? ¿Ponerle una y otra vez bigotes a la Gioconda? ¿Escribir, muy tranquilos, esa clase de versos libres que ya nadie sabría decir de qué se están liberando, con tanto sabor y consistencia como un pan mojado? Tampoco, por cierto, es solución la escritura de versos que suenen a Darío... ¿Intentar una síntesis de la tradición prevanguardista y esa otra tradición que es la vanguardia? Si tal síntesis es posible históricamente, habrá de surgir, me parece, del conocimiento profundo de ambas, no de su despreocupado desconocimiento.
    Un abrazo, Pablo.

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  3. Querido Pablo, no he seguido la polémica, pero coincido plenamente con tus respetuosas y precisas consideraciones sobre este difícil tema, en poesía más que un deber ser, se debe aspirar a un poder ser, lo cual implica inspiración, amor y mimesis de la realidad y verdad de la palabra. Y la forma, la forma es un dictado, ya no depende de nosotros, salvo en que ella sea finalmente lo que quiso ser. Y para esto, todo aprendizaje es poco... Un abrazo, Esteban

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