domingo, 13 de noviembre de 2011

UNA LEJANA EPIFANÍA

Aproximación a la poesía
de Juan José Hernández





En una nota reciente, Juan José Hernández (*) recordaba la hora en que la poesía se le reveló como una especie de destino. Como quien habla consigo mismo en el silencio y en la soledad, el poeta se nombra en segunda persona del singular; dice: “Una noche de verano, para refrescar tu habitación, que daba a la calle, abriste de par en par las puertas del balcón. Los naranjos de la vereda habían florecido. Llovía a cántaros. Acodado en el balcón, mientras la lluvia te empapaba la cara, cerraste los ojos y aspiraste con fruición el olor de los azahares tucumanos. De pronto, a través de los sentidos, pudiste vislumbrar la plenitud inefable de la poesía; su música y su espacio intemporal. A partir de aquella lejana epifanía, escribes tus poemas en cualquier lugar: en un café de la Avenida de Mayo, como Carlos Mastronardi; en los ojos de un gato, como Baudelaire; en una pizarra de escolar, como Alejandra Pizarnik, o en una choza de paja en el trópico, a orillas del Orinoco, como Enrique Molina.” [1]

En este episodio, que el autor define como “en apariencia intrascendente”, pero que ―agrega― “cambió (su) vida”, podemos ver cifradas varias cosas, a través de las cuales es posible comenzar a adentrarse en el universo de su poesía. Una de estas dimensiones, la más evidente, tiene que ver con el espacio en que se produce la revelación: se trata de un lugar familiar, conocido: la casa, la calle de la provincia natal. Aunque el poeta diga más adelante que puede escribir sus poemas en cualquier sitio, incluso en una choza de paja junto al Orinoco, lo cierto es que su escritura es poco proclive a las excursiones exóticamente tropicales o polares que sean [2]. Más bien diríamos que la suya es una musa sedentaria, casi como esas mujeres tucumanas recordadas por el autor, que pasan las horas vivibles de la tarde de verano aposentadas en las sillas sobre la vereda. No hace falta una exploración demasiado difícil para descubrir que el axis mundi, el ombligo terreno de la obra de Hernández, se encuentra en la ciudad de Tucumán. Allí se produjo la primera epifanía, y hacia allí vuelve obsesivamente la imaginación del poeta. Es la tierra del mito, para decirlo en los términos con que Pavese buscó entender esa atracción por el lugar de donde mana la fuente de imágenes de la propia escritura. Hernández lo ha confesado en diferentes ocasiones: “Toda mi obra tiene que ver con Tucumán.” [3]

En este sentido, puede llamárselo un “poeta arraigado”, según la designación de Dámaso Alonso. Ahora bien, estas raíces en realidad se hunden en una tierra imaginaria, la Tucumán que el poeta lleva consigo desde que se alejó de ella en los primeros años de su juventud. Su destino poético, en este aspecto, es semejante al de otros provincianos universales, como Carlos Mastronardi, por ejemplo. El crítico capitalino Jorge Monteleone, en el comentario sobre Desiderátum, el volumen que reúne toda la obra poética de Hernández, ha señalado: “La luz tucumana corresponde al resplandor de la nostalgia, a la siesta provinciana donde transcurre la infancia.” [4]

Sobre la presencia de la infancia y sobre la nostalgia provinciana en la poesía de Hernández, motivos recurrentes en la crítica sobre su obra, habría que hacer algunas observaciones. Con respecto de la primera, el poeta mismo ha recordado la frase según la cual “el hombre escribe pero es el niño el que le dicta” [5]. Me parece, sin embargo, que en su caso quien sopla al oído las palabras no es el niño, sino el adolescente. La matriz del sentimiento del mundo es aquí la de la adolescencia. Como Cernuda, un autor con el cual nuestro poeta tiene ciertas afinidades, Hernández podría afirmar: “Cuando la muerte quiera / Una verdad quitar de entre mis manos, / Las hallará vacías, como en la adolescencia / Ardientes de deseo, tendidas hacia el aire.” [6] De hecho, la epifanía que inicia el comienzo de la vocación literaria, como recordábamos al comienzo, tiene las características de una experiencia propia de la adolescencia: el asombro poético, la irrupción, en medio del “primer hastío en el salón familiar”, para decirlo a lo Machado, de “la plenitud inefable de la poesía” que llega a través de la fruición de los sentidos: la noche de verano, la lluvia que salpica la cara, el olor denso y sensual de los azahares florecidos en la calle, la poderosa inocencia del mundo. El niño no tiene estas epifanías, o mejor dicho, las vive a diario, pero no adquiere plena conciencia de ellas: está demasiado ocupado en la aventura de sus juegos, sus lecturas, su vagabundear por el patio y los baldíos... Ocurren, en cambio, justamente cuando el chico se ha visto ya expulsado de esa yema solar, mágica y lúdica de la infancia, y a través de ellas recupera tal unidad perdida.

En un hermoso poema de su último libro, Más allá de los Sármatas (2001), titulado precisamente “Epifanías”, vemos esta nostalgia de la consonancia profunda con las cosas, como la que suponemos que puede vivir un pájaro, un gato, un árbol, como la que nos permite experimentar la vibración del deseo. Puede leerse el texto como una suerte de contracara, quizá complemento, de “Lo fatal” de Darío (Hernández ha aprendido mucho de Darío, como todo poeta del siglo XX que se precie en lengua castellana [7]). En “Lo fatal” ese gran gozador que fue el nicaragüense envidia la presunta insensibilidad del mundo mineral y vegetal, porque la piedra y el árbol no se ven atados como el hombre a la roca de la angustia metafísica, roído su hígado por el buitre de la conciencia. En “Epifanías”, el poeta argentino no añora el anestesiamiento, sino la voluptuosa plenitud sensible:


¡Quién pudiera mirar el mundo
a través de los ojos enjoyados de un gato,

ser el palomo de buche iridiscente
que bebe agua de lluvia en la vereda,

la palmera indolente mecida por el viento
en el jardín del mediodía intacto,

o la sierpe melódica de Delmira Agustini
vibrando eterna, voluptuosamente! [8]


Personalmente, no sé cómo la pasará el palomo o verá el mundo un gato: quizás ellos también, como nosotros, tengan que sudar la gota gorda de la vida. Pero sí sé que el gozo verbal de este poema vuelve deseable la condición de ave o vegetal o félido: su delicia musical (esa combinación de alejandrinos y endecasílabos de diversa acentuación con un eneasílabo y un dodecasílabo que dan un toque de moderna disonancia al ritmo; esas rimas “casuales”; y sobre todo, esas sutiles aliteraciones... [9]) y su eficaz conjunción imaginativa de sustantivos y adjetivos, que hacen prodigioso lo más cotidiano casi sin que nos demos cuenta, permiten que la añoranza imposible de ser lo que no somos halle su realización en el espacio mágico y real del poema. En el fondo, si pensamos en la condición existencial en que pueden haber surgido las palabras de uno y otro poema, es probable que tanto “Lo fatal” como “Epifanías” tengan un parecido origen: el ansia de liberarse de las tribulaciones de la conciencia, que nos divide del mundo, nos divide de nosotros mismos y nos hace prever y angustiarnos por la muerte. Pero mientras el texto de Darío hunde el cuchillo en la llaga, lo revuelve en la herida metafísica, el de Hernández plantea, sí, el anhelo (“¡Quién pudiera...!”), que implica ya un punto de partida en la insatisfacción, pero luego se regodea hasta tal punto en la fruición de lo deseado, que la gracia de la palabra logra de algún modo el cumplimiento, nos hace olvidar su procedencia y se resuelve en pura epifanía.

También la importancia del deseo sexual vincula la obra de Hernández con la adolescencia. Paradójicamente, la sexualidad, que ha signado la expulsión del mundo encantado de la infancia, el fin de la inocencia (léase, al respecto, el cuento “El inocente”), aparece también como la fuerza primordial que restituye al hombre a la unidad con el cosmos y con la integridad edénica. Tal paradoja es recurrente en su obra, y halla su formulación más evidente en la “moraleja” del poema “Fábula antigua”, donde se recrea el mito bíblico originario y se lo remata en clave borgeana: “Arrojados del Edén / nuestros primeros padres / volvieron a encontrarlo / en la unión de sus cuerpos mortales, / en el deseo, sol carnal del presente / fugitivo y eterno. / Otro cielo no esperes, ni otro infierno.”[10]




Como en todos los poetas solares y terrestres, hay en Hernández por lo general una visión gozosa de la naturaleza, que en su mito personal asume caracteres maternales (la madre es la gran figura benéfica en su poesía, mientras que el padre se presenta como un ser inquietante, quien vuelve a su memoria en sueños que a menudo se transforman en pesadillas). Tal celebración de la naturaleza, que oscila entre el fervor dionisíaco hacia su imperio generador y la simpatía franciscana hacia el desvalimiento de los seres más humildes, no deja sin embargo de percibir el nudo ambiguo, enigmático, de su poder creador y destructivo. Así como Darío afirmaba, en el “Coloquio de los centauros”, “son formas del enigma la paloma y el cuervo”, y en “Filosofía” descubría con regocijo que “el peludo cangrejo tiene espinas de rosa” y que hay en los moluscos “reminiscencias de mujeres” [11], así también Hernández define heptasilábicamente la condición dual de la naturaleza: “Ella crea las formas / de la fascinación, / el monstruo y la belleza / con la misma pasión. // Es la fruta del huerto, / la lluvia, el aire fino. / Es la seca lascivia / del insecto dañino.” [12] De esta manera, en el mundo analógico de la poesía, lo más repulsivo puede convertirse en lo más bello, y viceversa: “Engañosamente / opalescente / la bella confusión / de lo viscoso / ¿gema o gargajo?” [13]

Más allá o más acá de su aspecto fascinante o repulsivo, de su potencia creadora o aniquiladora, el orden natural es inocente, y más aún, sagrado en su inocencia. No hay aquí un mundo caído, como en la tradición cristiana. La caída, en cambio, la fisura en la naturaleza, se ha producido con el hombre, con la brecha que ha abierta la conciencia. Así lo expresa el poeta en “El enemigo”, de lejana reminiscencia baudelaireana: “Sucede a veces / que voy cayendo lento / hacia mí mismo. // Ni triste ni contento / solo, a solas, conmigo. // Si miro alrededor / nada tiene sentido. / Un estéril sabor / borra la luz y crea / el exterminio. // Ven-tanas al jardín, / todo es fastidio / para mi estar perplejo, / desabrido. // Laberinto y espejo / yo mismo mi enemigo.” [14] De tal condición antagónica del hombre consigo mismo, con los otros hombres y con el medio natural, que parece hallar su espacio emblemático en la ciudad moderna, lo rescata la reminiscencia del esplendor solar de la provincia, que puede llegarle, como a Montale, a través de unos modestos limones. Apunta Hernández en el poema titulado justamente “Limones”: “A veces la ciudad / es una mancha / con bocinas, con ojos / de palomas lascivas / y prójimos borrosos. // Esa es la condición / humana, me digo: / el día con su carie, la caída. // Pero de la provincia / llega la salvación, / y soy raptado / por el olor de unos limones / a la luz, al color, a la alegría.” [15]




Con el retorno al tema de la provincia, querría cerrar el círculo de estas páginas. A diferencia de su admirado Mastronardi, quien desde Buenos Aires recordaba elegíacamente la luz de su provincia y buscaba perderse imaginativamente en su “fresco abrazo de aguas”; a diferencia de la mayoría de los poetas del Noroeste que lo precedieron en la generación poética del ’40, quienes adoptaron en su mayoría una actitud celebratoria del propio terruño, Juan José Hernández mantuvo con el medio provinciano una relación problemática. También aquí, en la manera en que el poeta y narrador tucumano afronta esta problemática crucial en su obra, podemos advertir otro signo de esa matriz ‘adolescente’ de su creación. En efecto, recordaba el poeta aquellos años de su primera juventud en la entrevista antes citada: “Mis padres querían mi felicidad, entonces me hablaban de compañeros míos que ya se habían recibido y habían comprado una casa y un autor y se habían casado con una muchacha preciosa. Yo no había hecho una carrera productiva, ni me había casado, ni quería una casa en el cerro para pasar los veranos. Me irritaban el clima, los perros, los niños, la gente que ponía la radio a todo volumen. Era un fastidio. Vivía en estado de frustración constante. Y también de iluminación. Esos momentos poéticos que aparecen en la adolescencia, cuando te maravillan la luz de la tarde, la fragancia de los azahares y ese olor que había cuando comenzaba la molienda en los ingenios que rodeaban la ciudad, ese olor a melaza, ese olor dulzón en el aire...” Cuando la periodista, ante tal rememoración ambigua, le señala al poeta “Iba del enamoramiento al odio en una misma tarde”, éste le responde: “Bueno, eso se llama amor” [16].

Con ese amor a la vez angustioso y luminoso me gustaría terminar esta incompleta y necesariamente breve presentación de la poesía de Juan José Hernández, a través de un poema en el que se engarzan varias cuestiones que hemos venido considerando aquí. En “Elegía” ―tal es su título― la rememoración nostálgica, expresada en las estrofas en letra cursiva, halla su contrapartida en la reflexión crítica, que opone a la idealización del sentimiento una visión irónica sobre los límites de la vida provinciana. También realiza una contraposición entre su experiencia personal y emblemas de la poesía que pudieron haber dado un consuelo, por identificación con ellos, a su discordancia con el medio donde transcurrió su infancia y adolescencia: de allí las alusiones al verso final de “Luz de provincia” de Mastronardi, a los jardines lugonianos y simbolistas en general, al ruiseñor de ascendencia petrarquista y romántica, al “Desdichado” nervaliano... Esta veta irónica, que puede llegar a ser sarcástica, casi ausente en los versos de la juventud, toma cada vez mayores proporciones en la poesía última de Hernández. Es otra nota que podemos vincular con la actitud antagonista de la adolescencia con respecto de las hipocresías y mediocridades de la sociedad, así como con esa distancia crítica que es característica de la lírica moderna, desde el Romanticismo en adelante. A menudo, los blancos de tales dardos envenenados son otros escritores, como Hemingway, Lugones, Groussac, Bianciotti, pero igualmente las imposturas propias de la sociedad burguesa y provinciana, aunque no sean exclusivas de la vida de provincia. Cuando predomina este sesgo irónico, la escritura de Hernández suele adoptar una discursividad y un prosaísmo próximos a la narrativa en versos, como en el texto dedicado al encuentro de Verlaine y Rimbaud en Stuttgart. No ocurre así en la “Elegía” que transcribimos a continuación, donde la discordancia entre la evocación nostálgica y la ironía desacralizadora del mito de la infancia, se resuelve finalmente en lirismo transfigurador, no como recuerdo idealizado, sino como vívida irrupción del pasado en el presente, quizás una suerte de anulación de la “ficción del tiempo” en un instante intemporal, con un efecto liberador semejante al del llanto (no es casual que llegue con la lluvia, agua materna, originaria) [17]:


ELEGÍA

Tu molicie más dulce que la miel
Lugones


Nocturnos aguaceros de verano,
su redoblar sonoro en los techos de cinc.
Temerosas del rayo, las mujeres
cubrían el espejo de la sala:
dalia gris de la lluvia
sesgada de relámpagos
en un tiempo y espacio
para siempre perdidos.

¿Qué añoras? ¿Una calle monótona
bordeada de naranjos?
¿La plaza de una estación de tren
donde un prócer escuálido
―melena y ceño adusto―
sigue de pie junto a un sillón de mármol?

Bajo toldos de frescura y pereza
me quedaba tendido.
Animal del deseo, sobre mi pecho su jadeo dulcísimo.

Nunca paseaste silbando entre arboledas,
ningún jardín le dio a tu alado ensueño
fácil jaula. En vez de ruiseñores
la estridente charata de vuelo sorpresivo
y el coro de coyuyos semejante a un aullido.
¿Príncipe de Aquitania?
No eras el desterrado; más bien un excluido.

¡Tantos veranos indolentes fueron míos!
Yo había descubierto
al huésped silencioso del estanque azogado,
idéntico y distinto de mí mismo.

Nocturnos aguaceros
que oyes caer, indiferente,
no en los techos de cinc
sino sobre el asfalto de una ciudad
en la que a veces te sientes extranjero.

De pronto, un anhelo quimérico
que viene del pasado
ilumina el confuso borrador del poema
y te devuelve intacta la casa de tu infancia:
agua morena de tu madre joven
que está lloviendo ahora
en un patio de baldosas rosadas.

 

NOTAS
 

* El presente ensayo fue escrito en el 2005, un par de años antes de la muerte de Juan José Hernández, en ocasión de sendos homenajes que se le hicieron en la Feria del Libro de Córdoba y en el Fondo Nacional de las Artes de Buenos Aires. Nació en San Miguel de Tucumán, en 1931 (en otras fuentes figura 1930 y 1932), fue poeta, narrador y ensayista. Es autor de los libros de poesía Negada permanencia y La siesta y la naranja (Botella al Mar, 1952), Claridad vencida (Burnichón, 1957), Otro verano (Sudamericana, 1966) y Cantar y contar (Bajo la luna nueva, 1999). Su obra poética completa se publicó bajo el título de Desiderátum (Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2001), que incluye también Versos a la provincia (1968), Ráfagas (2001) y Más allá de los Sármatas (2001), así como traducciones de Tennessee Williams, Jean Cassou, René Guy Cadou y Paul Verlaine. En narrativa publicó una novela, La ciudad de los sueños (Centro Editor de América Latina, 1971), y los libros de cuentos El inocente (Sudamericana, 1965, Premio Municipal de Narrativa), La favorita (Monte Ávila, 1977), La señorita Estrella (Centro Editor de América Latina, 1992) y la recopilación de cuentos completos Así es mamá (Seix Barral, 1996). Su obra narrativa completa se publicó bajo el título de La ciudad de los sueños (Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2004). Sus textos ensayísticos, en tanto, fueron reunidos en Escritos irreberentes (Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2003). Obtuvo los Premios Nacional y Municipal de Narrativa, el de la Fundación Dupuytren, Konex y otros, y fue becario de la Fundación Guggenheim y de la Casa de los Escritores y Traductores de Saint Nazaire. Fue colaborador de los diarios La Gaceta de Tucumán, La Nación y Clarín de Buenos Aires, así como de las revistas Proa, Diario de Poesía y Fénix, entre otras. Falleció en Buenos Aires, el 21 de marzo de 2007.

[1] Revista La Nación, domingo 28 de agosto, 2005.
[2] Lo confirma el escritor en una entrevista reciente: “Yo no puedo escribir sobre mi experiencia en el polo sur, porque nunca estuve, pero sí puedo escribir sobre esos años bellos de la infancia. Hay una frase que dice que el hombre escribe pero es el niño el que le dicta. Yo creo que en mis cuentos, en mis poesías y en la novela hay puntos de contacto, ciertas atmósferas. Uno escribe sobre dos o tres temas que son los mismos. Los míos son el desarraigo, la nostalgia por el mundo de la infancia y el deseo de libertad.” (GUERREIRO, Leila: “El presente perfecto de la infancia”, en La Nación, Suplemento Literario, 26 de diciembre de 2004, págs. 1 y 2).
[3] Ibidem.
[4] MONTELEONE, Jorge: “El fulgor lírico del deseo”, en La Nación, Suplemento Literario, 27 de enero de 2002. 
[5] GUERREIRO, Leila, “El presente perfecto de la infancia” cit.
[6] CERNUDA, Luis: Poema VII de Donde habite el olvido, en La realidad y el deseo, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, pág. 93.
[7] Ya decía Conrado Nalé Roxlo, medio en broma medio en serio, que a los poetas habría que “tomarles un examen de Darío” (Borrador de memorias). Además de múltiples alusiones sesgadas, Hernández le dedica una simpática y afectuosamente irónica viñeta al poeta de Prosas profanas, quien en el prólogo de este libro aconsejaba al creador, crear, y que “cuando una musa te dé un hijo, queden las otras ocho encinta”: “En el lago de Managua / las Nueve Musas encinta / de tu afrancesado harén / bogan en una piragua / cuando el vaho del estío / tuesta en oro las cigarras, / amado Rubén Darío.” (“Darío”, en Más allá de los Sármatas, Desiderátum cit., pág. 20).
[8] HERNÁNDEZ, Juan José: “Epifanías”, en Desiderátum. Obra poética (1952-2001), Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires, 2001, pág. 51.
[9] En el dominio de las aliteraciones, en las dosis justas de su administración (también su uso indiscriminado provoca, como toda ostentación, efectos contraproducentes), reside buena parte de la eficacia verbal de la poesía, en especial cuando ésta no trabaja con la métrica y la rima. A la aliteración se debe, entre otros factores (entre los cuales, particularmente el ritmo) ese impasto de la frase, esa gracia musical que nos lleva a repetirnos una y otra vez un verso.
[10] “Fábula antigua”, en Ibidem, pág. 58-59.
[11] He podido comprobar que a las mujeres suele no agradarles esta metáfora enaltecedora, pero deben recordar que para el poeta la “carne de mujer” siempre es “celeste” (“divina”, según una versión anterior del poema XVII de Cantos de vida y esperanza: “¡Carne, celeste carne de la mujer! Arcilla / ―dijo Hugo―, ambrosía más bien, ¡oh maravilla!, / la vida se soporta, / tan doliente y tan corta, / solamente por eso: / ¡roce, mordisco o beso / en ese pan divino / para el cual nuestra sangre es nuestro vino!”), y por lo tanto vuelve adorable ―también en el sentido religioso del término― incluso la húmeda y blanda consistencia del molusco.
[12] “Naturaleza”, en Otro verano (1966), Desiderátum cit., pág. 160-161.
[13] “Materia”, en Ráfagas (2001), Desiderátum cit., pág. 30.
[14] “El enemigo”, en Otro verano, Desiderátum cit., pág. 131. Resuena en este poema el eco del “heautontimoroumenos” baudelaireano, y ese “Enemigo” que para Baudelaire es el tiempo y la conciencia.
[15] "Limones", en Otro verano, Desiderátum cit., pág. 132.
[16] GUERREIRO, Leila: “El presente perfecto de la infancia” cit.
[17] También Borges ha plasmado una experiencia semejante en su soneto “La lluvia”, sólo que allí la epifanía que abre hacia ese fondo intemporal en el que pasado y presente confluyen, no está vinculada con la figura de la madre, sino del padre: “Esta lluvia que ciega los cristales / alegrará en perdidos arrabales / las negras uvas de una parra en cierto // patio que ya no existe. La mojada / tarde me trae la voz, la voz deseada / de mi padre que vuelve, y que no ha muerto.”



P.A.
Alta Gracia, setiembre de 2005

jueves, 10 de noviembre de 2011

Vladimir Holan
(1905-1980)

LA RESURRECCIÓN




[Dedico la presente entrada a mi madre, Olga Anadón, quien ha copiado estos versos del poeta checo Vladimir Holan en un cuaderno donde anota a mano los poemas más queridos.]



LA RESURRECCIÓN

A Stanislav Zednicek


¿Que después de esta vida tengamos que despertarnos aquí un día
al terrible estruendo de trompetas y clarines?
Perdóname, Dios, pero me consuelo
pensando que el principio de nuestra resurrección
lo anunciará el simple canto de un gallo...
Entonces nos quedaremos todavía un momento tendidos.
La primera en levantarse
será mamá... La oiremos
encender sigilosamente el fuego,
poner sin ruido el agua sobre la estufa
y coger suavemente del armario el molinillo de café.
Estaremos de nuevo en casa.


VLADIMIR HOLAN



[De Una noche con Hamlet y otros poemas,
Traducción de Josef Forbelsky
revisada por Guillermo Carnero,
Barral Editores, Barcelona, 1970]